viernes, 3 de julio de 2009

MOHAMED (03/07/2009)

Hace un calor achicharrante pero parece que la cosa no va con él. Gomina abundante, gafas de sol montadas sobre el pelo negro rizado, bermudas y sandalias de marca. Fresquito y hecho un pincel. Dos metros por detrás, su mujer, embarazada, hiyab en la cabeza, túnica y pantalones. Como manda la tradición. La aplicable a su señora, claro está, no a las demás: al joven musulmán no parece importarle demasiado vivir en un país en el que las mujeres muestran el pelo, los brazos o las piernas. Por los constantes giros de su cuello, diríase que está muy complacido. No iré más allá, juzgando a los personajes de esta estampa. Podría equivocarme. Tampoco pido una ley que prohíba determinadas ropas islámicas tradicionales. Que cada uno vista como le apetezca. Lo que sí me invita a pensar, es en cuán parecidas son las culturas que, a menudo, creemos tan diferentes. Todas las religiones, la católica también, además de predicar principios filosóficos maravillosos, son profundamente conservadoras del orden social en el que nacieron, hace cientos de años. En ese orden social, los hombres dominaban todos los resortes del poder. Con facilidad, porque si a una mujer se le ocurría discutirlo, recibía un puñetazo. Sólo había un recurso, al alcance de las féminas, ante el cual el hombre se sentía vulnerable: el sexo. ¿Cómo combatirlo? Convirtiéndolo en pecaminoso y sucio, cuando se practicase fuera del orden establecido. Tapando el cuerpo de la mujer. Para las urgencias masculinas, ya estaban los harenes y los prostíbulos. En occidente, ese orden social saltó por los aires hace años y la mujer comenzó a liberarse del yugo. En el mundo musulmán, sigue vigente. ¿Hasta cuándo? De pronto, Mohamed ya no es tan forastero. Se parece a nosotros, mucho más de lo que pensamos.

viernes, 26 de junio de 2009

CONTRASEÑA, POR FAVOR (26/06/2009)

Al principio, hay que reconocer que tenía gracia. De pronto, todos teníamos contraseña - password para los entendidos- como si fuéramos agentes secretos. Además, la informática era democrática e igualitaria: ya fueras el gobernador del Banco de España o un estudiante del montón, el ordenador seguía el protocolo insobornablemente: contraseña, por favor. Luego las cosas se fueron complicando. Los ordenadores, los programas, las páginas web, empezaron a pedir contraseñas indiscriminadamente: de un determinado número de letras, conteniendo un número, una mayúscula, un nombre de usuario. ¿Y los móviles? ¿Y las tarjetas bancarias? Más contraseñas, más números pines, el acabóse. Y llegaron las amenazas: “El número pin no es correcto. Le quedan dos intentos” Las recomendaciones de los expertos en seguridad: “No lleve nunca en la cartera sus contraseñas. En cuanto lea este número destruya este papel.” No nos engañemos. En los tiempos que corren, si alguien es capaz de tener contraseñas y pines diferentes para cada cosa, y encima recordar el número de móvil de su pareja – pregunta fatídica que ha sustituido a la clásica ¿de qué color son mis ojos? - es que se ha equivocado de oficio: debería haber montado un espectáculo de variedades memorizando guías telefónicas u opositar a notarías. Al final todos dependemos, más o menos, de una contraseña y un número pin, que repetimos una y otra vez. Nuestra cabeza no da para más. En mi caso, si alguien los descubriera, podría pasearse por mi vida financiera, personal y sentimental, sin demasiados problemas. Ya se lo que están pensando, pero se equivocan. ¿hombredelfaro? Cómo va a ser esa mi contraseña... Que no soy tan tonto, hombre. No me miren así. De verdad que no. Lo juro. Glub.

viernes, 19 de junio de 2009

PYLA SUR MER (19/06/2009)

Llueve obstinadamente sobre la bahía de Arcachon. Miro de reojo a Charo y descubro, sorprendido, la misma mirada de determinación de cinco horas antes, de quince kilómetros antes, cuando salíamos del hotel, paraguas en mano, dispuestos a iniciar nuestras pesquisas como auténticos detectives de la Historia. Mira que tuve suerte o elegí bien, según se mire. Que tu mujer no pestañee cuando le dices una buena mañana que te gustaría hacer quinientos kilómetros hasta un lugar llamado Pyla sur Mer, cerca de Burdeos, y pasar tres días buscando una casa llamada “Villa L´Eden”, donde vivió Manuel Azaña, presidente de la II República española, los últimos momentos felices de su vida, y que por toda explicación sólo pregunte “¿cuándo salimos?”, se parece mucho, muchísimo, a que te haya tocado la lotería. Con una compañera así, creo que sería fácil descubrir hasta la tumba perdida de Nefertiti, si se pusiera a tiro. Pero, ¡ay!, la casa de don Manuel se está resistiendo más de la cuenta. Cientos, miles de villas, pueblan la costa y los pinares de la bahía y, probablemente, los nuevos dueños han cambiado de nombre a la casa, haciendo imposible nuestra misión. Setenta años después, nombrar a Azaña por estas tierras viene seguido de un encogimiento de hombros y un excusez-moi. Perseveramos. En un libro de un historiador local, bendito sea, encontramos por fin la pista definitiva: una vieja foto y una referencia a un cruce de calles, inexacta pero suficiente. Y allí está, “L´Eden”, ahora rebautizada. Están de obras en la planta baja. Queremos confirmar nuestro hallazgo y preguntamos a una mujer, que parece la dueña: “Mais oui!”, exclama, y su puño se levanta como un resorte, a la republicana. Nos sentamos emocionados en la escalinata donde don Manuel se hizo la última fotografía. La muerte no lo puede todo. Azaña sigue vivo.

viernes, 12 de junio de 2009

DENTISTAS (12/06/2009)

La consulta de mi dentista es un pasillo circular lleno de puertas, que parece un laberinto. Cada puerta conduce a una cabina, con un gran sillón reclinado, lámparas y misteriosos brazos articulados. “Cabina tres, por favor” Mientras avanzo, tengo la delicadeza de mirar al frente. Contemplar lo que ocurra tras las otras puertas no va a aportar nada positivo a mi vida, presente o futura. No se oyen gritos ni lamentos. El zumbido de un torno, de vez en cuando. Parecería un taller de chapa y pintura futurista, sin grasa y sin calendarios pornográficos. Estoy solo, tumbado con la inclinación de un astronauta a punto de despegar, y la mirada fija buscando formas caprichosas en los reflejos de la lámpara que pende sobre mi cabeza, como un inmenso ojo. Ahora suena “Ticket to ride” en versión filarmónica. Chico, qué relax. Si no fueran a meterme un taladro por la boca en cualquier momento, casi podría dormirme. Oigo ruido de zuecos, fru-fru de batas. Llega la estrella, rodeada de un séquito de enfermeras. Mi dentista es como Kasparov jugando unas partidas simultáneas: salta de cabina en cabina matando caries y desfaciendo entuertos dentales. Aquí pincho, vuelvo en cinco minutos y te meto el torno. Y además, simpático. ¿Cómo puede acordarse de mi, si sólo me ve cinco minutos cada cinco años? “¿Duele? Ngrrr” La anestesia me provoca un ataque de pequeñez y me sorprendo preguntándome si mi aportación a la sociedad vale para algo. Este hombre si que aprovechó el colegio. Al fin, la paz. Vaya pedazo de empaste se ha sacado el tío, prácticamente de la nada. Como una escultura de Henry Moore. Mientras saco la tarjeta de plástico, mi autoestima va despertando, poco a poco. Mañana pienso celebrarlo. Me comeré un filete y brindaré por él. Larga vida a los dentistas.

viernes, 5 de junio de 2009

EUROPA, EUROPA (05/06/2009)

Descolocados. Así nos coge cada cuatro años el asunto de las elecciones al Parlamento Europeo. Los partidos mayoritarios aprovechan la ocasión para lanzarse a la yugular en mítines y pugilatos televisivos en los que se habla de casi todo menos de Europa, y los minoritarios intentan levantar la voz entre el ruido ensordecedor de aviones Falcon surcando el cielo y loas al gran líder Rodríguez Zapatero, que vino al mundo para salvar el planeta (Leire Pajín dixit). La plétora de partidos nacionalistas, separatistas e híbridos, especie política abundantísima en la Península Ibérica, se agrupan según sus orientaciones ideológicas y aprovechan la ocasión para celebrar jornadas de convivencia e intercambiar experiencias. Creo que al político que más veces haya dicho durante el último año la frase “en el conjunto del Estado español”, le regalan una placa. Los grandes medios de comunicación, convertidos al euroescepticismo, airean los tópicos de siempre: el gigante económico vs. el enano político, la falta de arraigo popular de las instituciones europeas, la presumible alta tasa de abstención... Después de todo, lo increíble es que alguien vaya a votar. Yo voy a ir. No me lo perdería por nada del mundo. Si las posibilidades de que un francés venga a las calles de Alcañiz a degollar bajoaragoneses (1809) o de que un piloto italiano de caza nos bombardee (1938) son hoy inexistentes, es gracias al proceso de concertación europea. Después de siglos de guerras salvajes con millones de muertos, la creación de la Unión Europea constituye el logro político más importante de la historia de la humanidad. Suena exagerado pero no lo es. Pregunten a los coreanos lo difícil que puede llegar a ser hacer las paces. Debería comprarme una camiseta con estrellitas amarillas. Qué orgulloso iría.

viernes, 29 de mayo de 2009

VISCA EL BARÇA! (29/05/2009)

Mi equipo no es el Barça. Además, como es fácil deducir por la columna de la semana pasada, ando algo escocido con la pitada que dedicaron sus seguidores y los del Atletic de Bilbao a los símbolos patrios, y por extensión a mi sensible persona, durante la última final de la Copa del Rey. “Mira que eres facha”, me espeta un buen amigo, poco aficionado a los matices en ciencia política. “Me acabo de comprar las obras completas de Manuel Azaña, 200 euros del alerón” le contesto como un calamar echando tinta, huyendo entre la confusión hacia temas menos espinosos. No soy del Barça, como digo. Lo que pasa es que este equipo juega tan primorosamente que cuando el balón se pone a rodar, me subo al carro como un romero almonteño, me acuerdo de Serrat, de mi abuelo Agustín España, sereno – de profesión – barcelonés, y al tercer grito de “¡Huuy!” todo el vecindario cree que en el tercero derecha vive el fundador de la Agrupació Culé del Barri de la Almozara, sí chica, quién va a ser, el marido de la hija de la Luci, que se bebe los quintos de Ambar como si fueran agua de solares... Y luego además está Carles Puyol, el tarzán de la Pobla de Segur, coloso de la defensa barcelonista y uno de mis jugadores favoritos. No es alto, no es mediático, no tiene una técnica depurada, y sin embargo ha llegado a la élite mundial. Por carácter. Los aspirantes a futbolistas deberían fijarse más en el indomable Puyol que en el depilado Ronaldo o en los regates eléctricos de Messi. A la final de la Champions sólo le faltó un gol suyo para ser el partido perfecto. Y qué me dicen del Pep Guardiola, niño prodigio reconvertido en la encarnación de la prudencia y la sensatez. Y del Xavi, y del Iniesta... madre mía, vaya equipo. Gritemos hoy bien alto pues: Visca el Barça! Mañana ya veremos.

viernes, 22 de mayo de 2009

LA PITADA (22/05/2009)

13 de mayo de 2009, estadio de Mestalla, Valencia. El Barcelona y el Atlético de Bilbao van a disputar la final de la Copa del Rey de fútbol. Las aficiones de ambos equipos llenan las gradas y los cronistas deportivos echan mano de los tópicos para la ocasión: ambiente de gala, una fiesta del fútbol etc... Sus Majestades los Reyes de España se disponen a entrar en el palco del estadio. Suenan los compases del himno nacional. Primero son unos pocos silbidos, luego unos cuantos más y después... Después ya no se sabe, porque la conexión televisiva con Valencia se interrumpe y se da paso a un presentador en una plaza de Bilbao donde miles de aficionados se han reunido para ver el partido. Todos los bilbaínos gritan alborozados. ¿Y si resulta que todos los patriotas españoles se han quedado en casa? Va a ser que no. Gritan porque se ven en la pantalla gigante. “¡Somos nosotros, somos nosotros!” Mientras tanto, en el estadio de Mestalla, la pitada al himno y a Sus Majestades arrecia. Ensordecedora. Generalizada. ¿Por qué TVE nos privó del espectáculo? ¿Censura? Yo diría pudor o vergüenza: las imágenes podían herir la sensibilidad del espectador. Al día siguiente, la cabeza del responsable de deportes del ente público ondeaba en lo alto de la picota. Se le había puesto cara de turco. ¿Qué había hecho de extraordinario para merecer ese destino? Nada en absoluto. Como toda la clase política y periodística, ante el hecho incuestionable de que una proporción creciente de catalanes y vascos reniegan de lo español, lo desprecian o lo utilizan como insulto, el señor Reyes se había limitado a mirar hacia otro lado. Ojos que no ven. Yo prefiero que mis ojos vean, aunque el corazón sienta. No vergüenza, simplemente pena.