martes, 25 de octubre de 2016

UNA TRAMPA PARA OSOS (23/10/2016)

El ruedo ibérico vuelve a demostrar que la política es el más cruel de los pasatiempos humanos. En cualquier otro negocio de la vida, al derrotado se le deja en un rincón, o se le remata definitivamente para que no sufra, como a un animal herido. No en la política. Aquí la derrota puede ser solo el comienzo del viaje a los infiernos, como están conociendo los atribulados dirigentes del Partido Socialista Obrero Español.
En efecto, los socialistas han obtenido el peor resultado histórico en unas elecciones generales, han cosechado decepción tras decepción en sucesivas elecciones autonómicas, y han sufrido una crisis institucional sin precedentes que ha dejado al partido dividido en dos bandos cuyas mutuas heridas serán difíciles de restañar. Su situación de debilidad – esto es política, no juegos florales – es aprovechada por Podemos, que amenaza ahora con romper sus acuerdos de gobierno en autonomías y ayuntamientos. ¿Es posible imaginar una situación peor? Sí. Por increíble que parezca, sobre los fatigados hombros socialistas se ha hecho recaer, casi en exclusiva, la pesada responsabilidad de evitar unas terceras elecciones y de hacer posible la gobernabilidad del país.
¿Y qué hacen mientras tanto sus rivales políticos? Si al menos compartieran la carga, el sufrimiento sería más llevadero. Pero no. El presidente del gobierno, cuyo partido debe responder cada día por casos de corrupción, está en el año más plácido de toda su carrera; se rumorea que ha batido el récord de dormir de tirón, desde que llegó a la Moncloa. En Podemos, Iglesias y Errejón juegan al piedra, papel, tijera – yo saco el puño, tú la v de la victoria – mientras escenifican una lucha de poder algo artificial y saborean por anticipado las encuestas, que hablan de un sorpasso en toda regla. Albert Rivera está casi desaparecido de la palestra pública, como si no acabara de encajar los sonoros fracasos de Ciudadanos en Galicia y País Vasco. Al menos, se le deja rumiar sus derrotas con un mínimo de tranquilidad.
¿Pudieron hacer algo los socialistas para evitar esta debacle, o su triste destino estaba “blowing in the wind”, como un augurio fatal? Por supuesto que pudieron. Es imposible llegar a una situación tan desastrosa sin que alguien haya tomado decisiones estratégicas equivocadas. Imposible. El dilema actual,  abstenerse o votar en contra de una investidura de Rajoy, era un planteamiento envenenado y una trampa para osos de tamaño provincial, pero tenía una alternativa clara: condicionar la abstención del PSOE a la salida de Rajoy de la presidencia del gobierno. Quizá no era el ideal pero sí lo “hacedero”. Las ventajas de este movimiento para los socialistas se amontonaban: transmitir imagen de partido responsable al facilitar la gobernabilidad de España, mostrarse inflexibles ante la corrupción, llevar la iniciativa y ocupar el liderazgo de la oposición. Con él, la presión de la opinión pública se habría trasladado en gran parte al Partido Popular, y muy especialmente a su líder, Mariano Rajoy, que habría dormido con sobresaltos frecuentes. Habría sido bien recibido incluso por gran parte de los votantes del PP, que en una encuesta reciente se confesaban no demasiado entusiasmados con la candidatura del eterno gallego.
¿Por qué el partido socialista se cerró a esta posibilidad? Felipe González la insinuó en su momento y Pedro Sánchez la descartó. Es evidente que al exsecretario general le sobró dogmatismo y le faltó flexibilidad. ¿Dónde está hoy Sánchez? ¿Dónde, el PSOE?

viernes, 21 de octubre de 2016

VENTURA EN ZARAGOZA (Y III) (16/10/2016)

Decía el Deán del Pilar que la Virgen había querido someter a los artífices de su Santa Capilla a la más difícil prueba. María Rodríguez, esposa del pintor Antonio González Velázquez, había muerto recién llegada a Zaragoza, antes de que su marido llegara a posar el pincel sobre la cúpula. Por su parte, Rita Garro, casada por poderes con el arquitecto Ventura Rodríguez, había muerto en la primavera de 1754, pocos meses antes de que su esposo regresara para iniciar la construcción de la Santa Capilla.
Ventura volvía a Zaragoza como la primera vez, viudo y sin tiempo para llorar a su esposa desaparecida. Debía hacer realidad en piedra lo que hasta entonces solo era un bonito trazado en un papel. Al igual que cuatro años antes, cuando dibujó las cuatro primeras láminas del proyecto, sumergirse en el trabajo absorbente proporcionó alivio a su dolor. Esta vez, el arquitecto no permitió que nada ni nadie le distrajera de su objetivo: levantar la más bella capilla del mundo en la ciudad donde la vida siempre le salía al paso con una intensidad abrumadora.
El gran obstáculo se hizo presente desde el primer momento: la columna de la Virgen no se podía mover de su lugar sagrado, ni siquiera temporalmente. ¿Cómo se cimentaría la nueva Santa Capilla? Ventura Rodríguez encontró la solución, con la audacia que solo podía tener un foráneo, alguien que no hubiera reverenciado aquel santo Pilar desde antes de aprender a andar: lo colgó de uno de los arcos torales, en una jaula de madera, para que se mantuviera siempre en el mismo lugar donde la depositó la Virgen.
Ante semejantes desafíos, la presencia del escultor zaragozano José Ramírez de Arellano le tranquilizaba. Sabía que, en su ausencia, siempre habría alguien experimentado al que los abundantísimos gremios que participaban en la obra podrían recurrir. Carlos Salas y Manuel Alvarez, los otros dos escultores que ejecutarían medallones y estucos, eran dos jóvenes académicos de gran talento, pero la benefactora presencia de Ramírez serviría también para templar sus ímpetus juveniles.
El trabajo proyectista del arquitecto no se detuvo. Debajo de la Santa Capilla se ejecutó una cripta, no prevista inicialmente, y en los meses y años sucesivos, Ventura Rodríguez levantó planos de la nueva sacristía, el coreto y las fachadas exteriores del templo. Solo una parte de estos diseños sería finalmente realizada. El arquitecto regresó a Madrid, al servicio del rey, y desde allí seguía la obra puntualmente, gracias a la correspondencia del fiel Ramírez.
El 12 de octubre de 1765, once años después del comienzo de las obras, quince desde su primera llegada a la ciudad, se inauguró solemnemente la nueva Santa Capilla del Pilar. En el cabildo y el pueblo de Zaragoza hubo unanimidad absoluta: la obra era magnífica, digna de la primera devoción mariana de la cristiandad. Ventura Rodríguez disculpó su asistencia. A pesar del éxito, su satisfacción no podía ser completa. La negativa del cabildo a trasladar al fondo del templo el retablo de Damián Forment condenaba a las alturas de su creación - la media naranja y su remate - a ser casi invisibles desde las naves del templo. La Santa Capilla nunca sería contemplada con la perspectiva que el arquitecto había previsto. Su ego de artista, que veía defectos invisibles para el resto de los mortales, se resintió. Aquella sería la más valiosa lección, en la obra más importante de su vida. Porque había perseguido una fabulosa quimera. La perfección siempre quedaría fuera de su alcance.

viernes, 14 de octubre de 2016

VENTURA EN ZARAGOZA (II) (09/10/2016)

Se llamaba Rita Garro y pertenecía a una familia de plateros zaragozanos de larga tradición. Ventura Rodríguez no era propiamente un joven a sus 33 años, pero la responsabilidad que había recaído sobre sus hombros -edificar la nueva Santa Capilla que iba a acoger a la devoción mariana más antigua de la cristiandad- hacía que lo pareciera hasta la temeridad, y ya se sabe que los jóvenes temerarios venidos de la capital ejercen una fuerte atracción en las jovencitas de provincias. Pero Ventura no estaba para cortejos. Hacía solo un mes que había fallecido su segunda mujer, Antonia. La perspectiva de encontrar una nueva esposa en Zaragoza, donde solo pensaba residir unos meses, ni siquiera existía en su cabeza. Pero Rita sí era joven, más graciosa que bella, y con una falta de presunción tan refrescante que Ventura encontró en ella la compañera perfecta para guiarle por los salones zaragozanos que se disputaban su presencia. Cuando quería escabullirse, bastaba con un guiño para que Rita le cogiese del brazo y se despidiera de todos con una brusquedad encantadora.
En realidad, la vida social era solo un entretenimiento ocasional para Ventura Rodríguez. Aquel otoño de 1750, lo pasó entre las cuatro paredes de su cuarto, plasmando en papel el edificio que había ido creciendo en su imaginación. Primero en borrones trazados a vuela pluma, en el mismo templo del Pilar que visitaba cada día. Luego con el grafito, el plumín y las acuarelas, con la pulcritud que había aprendido de sus maestros italianos en el Palacio Real de Madrid. Con el paso de las semanas aprendió a convivir con las complejidades del edificio y de su culto milenario, algo misterioso; el de una columna depositada por la Virgen, venida en carne mortal, que debía permanecer en ese mismo lugar hasta el fin del mundo. A finales de noviembre, la Santa Capilla del Pilar era una realidad arquitectónica, dibujada en cuatro primorosas láminas que entusiasmaron a la Junta de Obras del Cabildo zaragozano.
Fueron días de euforia. Aprobados los planos de la nueva construcción, la voz corrió por toda la ciudad: el arquitecto del Rey había solucionado el problema de la Santa Capilla de la Virgen. Aquel claustro anticuado y ruinoso que afeaba el templo, iba a ser sustituido por un tabernáculo moderno y elegante. Los compromisos sociales de Ventura pasaron a ser una ocupación diaria y la presencia de Rita se hizo imprescindible. Tanto, que el madrileño pensó que ya nunca querría prescindir de ella. Preparando su vuelta a la Corte, se formalizó el compromiso con los padres de la joven, que dieron su aprobación como se la darían a la santísima Virgen. Ventura y Rita contraerían matrimonio por poderes en aquel mismo año de 1751, y ella permanecería en Zaragoza hasta que el arquitecto regresara para iniciar las obras de la Santa Capilla.
Llegado a Madrid, la magia de aquellos meses inolvidables se evaporó. Los diseños de la Santa Capilla recibieron críticas de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Desde el Cabildo zaragozano le solicitaban más planos, pero Ventura empezaba a sospechar que los canónigos no tenían la menor intención de seguir sus previsiones sobre la organización del templo. El retablo de Damián Forment continuaba en su sitio, condenando a la futura Santa Capilla a permanecer tapada por esa bella tajadera que partía el templo del Pilar en dos. Desde Zaragoza llegaban noticias aún más inquietantes: Rita estaba enferma y Ventura no veía próximo el día en que podría regresar.   

sábado, 8 de octubre de 2016

VENTURA EN ZARAGOZA (I) (02/10/2016)

Había nacido en Ciempozuelos, cerca de Madrid, en 1717. Su nombre era sinónimo de buena suerte, pero nadie podía decir que había alcanzado el lugar de privilegio que ocupaba por un golpe de fortuna, o por el favor de algún señor poderoso. Ventura Rodríguez era arquitecto del Rey por méritos propios, porque antes de tocar un plumín se había manchado las manos de mortero y conocía bien el sabor del polvo en la garganta. Su padre, que era maestro de obras, tuvo el buen sentido de reconocer en su hijo un talento superior al propio, y de fomentarlo, consiguiendo introducirlo en el gabinete de delineación del Palacio Real de Madrid. Y allí el joven Ventura hizo su parte. El ansia de aprender, la destreza en el dibujo y -lo que no se aprende en ninguna academia- la sensibilidad hacia la belleza, le hicieron destacar. Los italianos, que todo lo hacían y deshacían, se fijaron pronto en él, y el viejo maestro Filipo Juvarra, al que todos temían, le trataba especialmente y le decía que por sus venas corría sangre italiana; que nunca había visto a un español dibujar con tanta finura.
Pero tuvo Ventura Rodríguez unos valedores aún más grandes: los reyes de España, Fernando VI y Doña Bárbara de Braganza. De príncipe, poco inclinado a las conspiraciones palaciegas urdidas por su madrastra, la italiana Isabel de Farnesio, Fernando se había refugiado en las artes y encontró en su esposa Bárbara, la que decían la princesa más fea de Europa, el complemento perfecto a su melancolía. Cuando fue rey, desterró a su madrastra. Y cuando se encontró a un italiano al frente de las obras reales –muerto Juvarra, le había sustituido Sachetti- lo mantuvo porque era un hombre justo, pero ello no le impidió promocionar a un joven arquitecto español, de nombre venturoso y notable talento. En 1749, contra todo pronóstico, Fernando VI eligió el proyecto de Ventura Rodríguez para la Capilla Real, en detrimento del de su jefe y director, el italiano Sachetti. ¿Un desquite tardío contra la herencia de su madrastra? Es imposible saberlo. Si fue resentimiento supo acompañarlo de prudencia, porque él sabía que Ventura era un valor seguro.
Al rey le gustaba el joven arquitecto, y a su real esposa también. Cuando llegó a la corte la petición de ayuda de la Junta de Obras de la Catedral del Pilar de Zaragoza, para resolver un problema arquitectónico que se antojaba endiablado, Fernando VI volvió a pensar en su arquitecto protegido. La petición venía abrumadoramente bien recomendada: la traía el ministro Carvajal y las muchas amistades que guardaba en la corte Antonio Jorge y Galván, Deán del Pilar. ¡Hasta el mismísimo médico del Rey, el doctor Suñol, que era zaragozano y parroquiano de la Magdalena, aprovechaba la consulta con Su Majestad para convencerle de la necesidad de que la Virgen del Pilar tuviera un templo digno de su grandeza!
Y viajó finalmente Ventura a Zaragoza, con licencia real de tres meses, para trazar planta y alzados de una nueva Santa Capilla que sustituyera a la antigua, en el templo del Pilar a orillas del Ebro. Entró en la ciudad y antes siquiera de instalarse, quiso el arquitecto conocer el lugar en el que se iba a levantar su obra. La visión del templo no pudo causarle una impresión más decepcionante: oscuro, inacabado y decorado sin gusto. Casi le pareció escuchar las carcajadas de Sachetti, que conocía bien el lugar por haber tomado medidas unos años antes. De pronto, Ventura Rodríguez supo que estaba obligado a realizar la obra más importante de su vida.

viernes, 30 de septiembre de 2016

DICTADORES (25/09/2016)

La fórmula es tan vieja como la humanidad. Un solo individuo concentra todo el poder en sus manos y gobierna sin tener que rendir cuentas a nadie. En realidad, la dictadura tuvo que ser la primera forma de gobierno conocida, porque no me imagino a los habitantes de Atapuerca, enfrascados en la supervivencia, celebrando elecciones. Los romanos perfeccionaron el sistema. La dictadura era una forma de gobierno provisional a la que sólo se recurría en momentos de grave peligro para la supervivencia de la república, como guerras o revueltas. El problema venía cuando el dictador le cogía gusto al puesto y la dictadura se convertía en indefinida. Luego vinieron los emperadores, más tarde los reyes absolutos, los reyes algo menos absolutos, hasta llegar a las dictaduras modernas, que son las más sofisticadas y se disfrazan casi siempre de regímenes pseudodemocráticos.
Para que exista una dictadura, se necesita un buen dictador. Alguien con unas condiciones innatas o adquiridas en la primera infancia y criado en un ambiente social propicio. En cuanto a la primeras, podría pensarse que el dictador necesita una condición física poderosa, como ese macho alfa de las manadas salvajes que ostenta la jefatura hasta que un rival más joven se la arrebata, pero la historia humana nos ha dejado suficientes ejemplos de dictadores enclenques como para refutar esa teoría. Lo que sí necesita un dictador, y esto es absolutamente ineludible, es una psique defectuosa, que sirva de parapeto contra los sentimientos humanos que podrían comprometer la toma de decisiones injustas e implacables. ¿Ha existido alguna vez un dictador que no fuera un trastornado mental? Jamás. En cuanto al ambiente social propicio, es mucho más probable que un individuo desarrolle la tara mental de la megalomanía si nace en Pionyang, Corea del Norte, que si lo hace en Oslo, capital de Noruega. Igualmente, un militar español de principios del siglo XX, que ha hecho profusamente la guerra de Africa incubando un patológico desdén por la vida humana y despreciando a la clase política civil, es extremadamente probable que acabe dando un golpe de estado. Si la cosa se le va de las manos y deriva en una guerra civil, se convertirá en dictador y su efigie acabará en una moneda en la que se lea: “Francisco Franco, Caudillo de España, por la G. de Dios”. A mí, lo de la G. me intrigó durante toda la infancia. Me asombraba la chapuza que suponía utilizar una inicial con un punto, porque la palabra entera no cabía. Luego comprendí que aquello era la metáfora perfecta de un régimen.
Pero casi tan importante como un dictador, una dictadura precisa de una sociedad que la incube, la fomente o la soporte. Porque no ha conocido otra forma de gobierno más democrática o porque, conociéndola, ha acabado desengañada de ella. La democracia puede llegar a ser muy fatigosa - que nos lo digan a los españoles en estos días - pero sucumbir a la tentación dictatorial es un error mayúsculo que a la larga solo trae pobreza y decepción. La advertencia puede parecer fuera de lugar, pero el partido del presidente Vladimir Putin, la encarnación del dictador moderno, acaba de recibir el espaldarazo de los votantes rusos. La participación, 47% del censo, es bastante explicativa. Por desgracia, candidatos a dictadores no van a faltar nunca. Siempre estarán allí, los Le Pen, Maduro, Ortega, Trump, Al Asad, con sus mentes perturbadas, dispuestos a hacerse con el poder a la menor oportunidad. Todo consiste en no cederles el paso.   

lunes, 19 de septiembre de 2016

BREVE HISTORIA DEL CINE (18/09/2016)

Hubo un día en que las películas dejaron de acabar con el rótulo “Fin”. Probablemente fue idea de un director francés, temeroso de que su filme no hubiera sido lo suficientemente rompedor. ¿Y si no ponemos nada?, propuso el joven artista, hambriento de notoriedad. Algo habrá que poner, contestó el montador, a quien empezaba a agotársele la paciencia ante tanta genialidad. Si no, el público no sabrá que la película ha acabado y se quedarán delante de la pantalla vacía. Cuando el proyeccionista descubra que el rollo ha terminado, encenderá las luces y el patio de butacas gritará buuuuuu. Pues ponemos mi nombre, contestó el enfant terrible con aire triunfal. El montador, que estaba cansado de cenar frío cada noche (los padres del inventor del microondas estaban todavía en el instituto, se conocían, pero él era un poco vergonzosillo) obedeció sin rechistar. Y así fue cómo los títulos de crédito pasaron al final, y cómo desapareció el rótulo de “Fin”. Probablemente, aquel joven artista nunca hizo una película durante la cual un espectador medio pudiera conservar el estado de vigilia, pero su innovación triunfó. Se deshizo de un artificio que nos recordaba, en el momento más inoportuno, que todo lo que habíamos visto era mentira, pura ficción. ¡Bien hecho, Jean François! O Alain, o Dominique.
Hubo un día en que las películas dejaron de acabar con un beso. No es por cargar las tintas, pero me temo que la idea también fue de un francés. En realidad, los besos desaparecieron de cualquier parte de las películas, del principio, del medio y del final. Me estoy refiriendo, claro está, a esos besos interminables  -cinco segundos en pantalla equivalen a cinco minutos en la vida real - en los que un hombre y una mujer juntaban sus labios con inusitada energía tratando de convencer al espectador de que estaban alcanzando el clímax. Eran besos en seco, besos que nunca pasaban a mayores, pero tan apasionados, que las jovencitas más virginales no tenían muy claro si de todo aquello no acabaría naciendo una criatura nueve meses más tarde. Eran besos falsos, sí, pero con la capacidad de emocionar al público hasta el tuétano. Tenían el suficiente peligro erótico como para que el cura del pueblo de “Cinema Paradiso” tratara de eliminarlos, haciendo posible una de las escenas más emocionantes de la historia del cine. ¡Claro que el público sabía que eran falsos! Tardaban en descubrirlo lo que tardaban en estar delante de un hombre o de una mujer, en la intimidad, con las bendiciones apostólicas o sin ellas. Y un día nuestro artista francés se deshizo del artificio y cambió el beso falso por uno verdadero, o por un no beso, o por un plano de la torre Eiffel al atardecer. Otra vez con muy buen criterio. ¡Bravo, René!
Hubo un día en que el público ya no aplaudió al final de una película. Algunos dicen que fue en Columbus, Nebraska. Personalmente, aún a riesgo de parecer obsesivo, creo que fue en un cine francés de arte y ensayo. La película era tan lenta que cuando apareció el nombre del director (sí, era Jean François) el patio de butacas, somnoliento, se olvidó de aplaudir. Hoy el público no aplaude porque, si lo hiciera, sería como admitir que el cine, ese artefacto tan primitivo, aún tiene capacidad de sorprenderle. Sin embargo, muy de tarde en tarde, algún maestro consigue el milagro. La película termina y el público rompe a aplaudir, sin poder evitarlo. Y ese maestro, que podría ser francés, consigue hacer olvidar el artificio. Y consigue emocionar. ¡Grande, Jean Jacques!

lunes, 12 de septiembre de 2016

HISTORIA DE UN DESGOBIERNO (11/09/2016)

Después de casi nueve meses de atasco, hasta la misma denominación “gobierno en funciones” empieza a florecer. Pronto habrá que tirarla a la basura, como ese bote de tomate que guardábamos en la nevera y al que le ha brotado pelusilla. Lo que hoy rige en España es un Desgobierno en toda regla. Un Desgobierno al que no le falta de nada, con su presidente gallego, su ministro de economía de calva lustrosa y su portavoz, que comparece ante la prensa cada viernes con cara de circunstancias.

Aunque la tentación de echar toda la culpa a los políticos actuales es casi irresistible, la realidad es que ellos han heredado unas normas que aprobaron otros, y que han demostrado su ineficacia para dotar a este país de un gobierno. ¿Por qué el constituyente de 1978 no pensó en una fórmula de consenso que evitara esta situación? En primer lugar, porque se preciaba de conocer bien a su pueblo: a los españoles, si nos quitas el sectarismo, nos quedamos en muy poca cosa. Y sobre todo, porque jamás pensó que fuera necesario. El sistema electoral - piedra angular de una democracia, pero de dificilísima comprensión para el ciudadano común – fue diabólicamente concebido para producir dos fenómenos que el balbuceante régimen necesitaba para sobrevivir. Primero, un bipartidismo fuerte, a la española, con diputados obedientes y comités ejecutivos todopoderosos. ¿Cómo lograrlo? Con un sistema proporcional que masacrara a los terceros y cuartos partidos que no alcanzaran un umbral crítico de votos. Y segundo, unos partidos nacionalistas satisfechos, tan contentos de pisar la moqueta del Congreso de los Diputados que se olvidarían de torpedear el sistema.

Pero un día ocurrió lo impensable. Lo que no tenía que ocurrir. Unos jóvenes descarados fundaron nuevos partidos, y en lugar de comenzar desde abajo, con resultados modestos que la ley electoral se encargaría de convertir en más modestos todavía, consiguieron a las primeras de cambio unas cifras espectaculares, que casi les igualaban a los partidos mayoritarios. De pronto fue imposible formar gobierno. De pronto el candidato del partido más votado recibe del Rey el encargo de formar gobierno, y dice que no quiere. Si Adolfo Suárez y Torcuato Fernández Miranda levantaran la cabeza, se les caían los palos del sombrajo. ¿Cómo ha sido posible? Al electorado español le sobran las razones: crisis económica, corrupción y hartazgo general. Aunque la causa profunda siempre haya dormido en las entrañas del sistema: las normas electorales reforzaron tanto a los dos grandes partidos, que estos llegaron a confundir sus organizaciones con el sistema mismo; se creyeron tan imprescindibles como las instituciones a las que debían servir. Bárcenas, Rato y los ERES, eran la consecuencia inevitable.

Y en esas estamos. Con un traje de 1978 en pleno siglo XXI, dando el cante jondo y haciendo que el resto del mundo se pregunte por qué demonios los españoles llevamos tanto tiempo sin gobierno. La solución, en el corto plazo, es complicada. En el largo, cristalina: que los partidos devuelvan una parte del poder a la ciudadanía. Que haya listas abiertas y no cerradas y bloqueadas. Que cada diputado responda ante el electorado de su circunscripción, los que verdaderamente le votan, y no solo ante la ejecutiva de su partido. Diputados menos obedientes y con opinión propia. De esta manera, quizás alguien se atrevería a decir en voz alta que el tiempo de Mariano Rajoy ha pasado. O que abstenerse para hacer posible un gobierno no es lo mismo que apoyarlo.