Debo confesar que no vivo en lo alto de un faro, ni duermo cada noche mecido por el rumor de las olas del mar. Vivo en una casa de vecinos e intento dormir arrullado por el sonido de la ciudad que nunca descansa del todo: sus entrañables juerguistas, los camiones de la basura con sus gemidos apocalípticos y las furgonetas de reparto que cada vez que van marcha atrás hacen “¡mec, mec, mec!”, a las cinco de la mañana. ¡Qué haríamos sin esos pequeños placeres que nos dan las aglomeraciones urbanas! Sin embargo, hay algo que no me deja disfrutarlos: la radio de mi vecino. Mi vecino es un hombre de unos setenta y cinco años, solitario y gruñón, que escucha la radio durante la noche. A veces, el volumen es casi inaudible; otras, monstruoso y brutal. Mi vecino es imprevisible. Pueden pasar semanas sin que nada se oiga tras la escueta pared que nos separa y te llegues a decir con una risa nerviosa, “a lo mejor se ha muerto”, y justo al día siguiente, como si te pudiera leer el pensamiento, que conecte la radio a todo volumen a las cinco de la mañana, y te enteres antes que nadie de que la monarquía española ya tiene una heredera a la que van a llamar Leonor. No se confundan, mi vecino no es monárquico. Mi vecino es un capullo. Lo he intentado todo para hacerle entrar en razón: golpear la pared con suavidad, con un mazo, gritar, parlamentar civilizadamente. Inútil. Cualquier noche, a cualquier hora, mi vecino puede decidir cuando se acaba el sueño. ¿Unos tapones? Para no escuchar su radio tendría que inyectarme un anestésico. ¿La policía? ¡Pero si me lee el pensamiento! El lunes pasado volvió a hacerlo. A las cinco de la mañana, su radio comenzó a vomitar a todo volumen el noticiario matinal. “¡Un poco de respeto!”, grité. Su voz de cazalla traspasó la medianera como un trueno: “¡A trabajar, que no es domingo!”
viernes, 24 de junio de 2011
viernes, 17 de junio de 2011
TELEFONAZOS (17/06/2011)
En estos tiempos de crisis en los que es difícil vender hasta palos de escoba, la llamada telefónica pura y dura se está convirtiendo en la estrategia de marketing más sofisticada. Donde esté el telefonazo que se quiten el buzoneo, el spam o la mismísima puerta fría, hasta ahora la técnica de ventas más osada de la que se tenía noticia. Por muchas razones. La primera, el factor sorpresa. Tener el buzón lleno de propaganda de comida china o decenas de correos electrónicos no deseados en el ordenador, ya forma parte de nuestra realidad cotidiana más decepcionante. Sin embargo, una llamada de teléfono con la perversa intención de colocarnos un seguro, una caja de vinos o una tarifa plana, todavía suele cogernos con la guardia baja. Sobre todo a la hora de la siesta. ¿Por qué las compañías de telefonía eligen la hora fatídica de después de comer para abrasarnos con sus ofertas, sus compromisos de permanencia y sus terminales de regalo de última generación? Y es que, aunque sea una obviedad recordarlo, el teléfono suena. Y hasta que no le das a cierto botón no se calla. Por tanto, tratar de vender por teléfono algo que el potencial cliente no ha solicitado, se parece mucho a dar la tabarra, la castaña, la matraca, el coñazo. Luego están los teleoperadores, las otras víctimas de esta historia. ¿Quién entrena a esta gente? ¿La CIA? Son inasequibles al desaliento, a la grosería, al insulto, al no-me-interesa-su-oferta-ni-me-va-a-interesar-nunca, lo aguantan absolutamente todo sin descomponerse. Supongo que a menudo pensarán aquello de “¿se cree que llamo por gusto, cretino?”, ¡pero nunca lo dicen! Mi madre diría, con razón, que los teleoperadores ya tienen ganado el cielo. Otros no tienen tanta suerte. Los que tiran de los hilos, los geniales creadores de las campañas del telefonazo, por ejemplo. Esos podrían irse al infierno.
viernes, 10 de junio de 2011
INDIGNADOS (10/06/2011)
Hasta ahora, a pesar de las apariencias, los teléfonos móviles y las redes sociales solo han jugado un papel secundario: movilizar a los ya convencidos. En cambio, la toma física de las calles, las asambleas y la terminología revolucionaria, estrategias más propias del siglo pasado o de los anteriores, han tenido una importancia decisiva para el movimiento del 15-M. Si cambiásemos las camisetas de lycra y las zapatillas de gore-tex de los acampados actuales por fajas, chaquetillas y medias hasta la rodilla, el decorado madrileño de la Puerta del Sol haría el resto. Ya solo faltarían las hogueras y que Francisco de Goya acertase a pasar por allí para inmortalizar el momento. Los “indignados” fueron acogidos con simpatía por una mayoría de la sociedad española en vísperas de las elecciones municipales y autonómicas. Expresaban un sentimiento compartido de hartazgo e indignación por la forma de hacer política que se practica en España: partidos políticos burocratizados en los que abunda la mediocridad y la corrupción. Sin embargo, a medida que las carpas se extendían por muchas plazas de España, el movimiento comenzó a dispersarse ideológicamente: si para algunos la nacionalización de la banca era una reivindicación irrenunciable, para otros lo eran la forma republicana del estado o la disolución del ejército. Hoy, las acampadas prolongadas y el asambleísmo amenazan con malbaratar el prestigio adquirido durante los primeros días. Los indignados deberían volver a las plazas del siglo XXI -internet y las redes sociales- para elaborar un programa de mínimos abierto a todas las ideologías, que responda al objetivo con el que nació este movimiento ciudadano: la mejora de la democracia. Si no lo hacen, todo acabará pronto. El seguidismo político habrá ganado. Y el 15-M solo será parte de la historia.
viernes, 3 de junio de 2011
CENSURA (02/06/2011)
Meses atrás, críticos y periodistas ponían el grito en el cielo: ¡la censura ha vuelto! Un juzgado de San Sebastián había prohibido la proyección de “A serbian film”, una lamentable película que mostraba escenas bastante explícitas de contenido pedófilo. Como suele ocurrir, la polémica solo sirvió para que se hablase de ella y le concedieran injustamente un premio en un festival donostiarra. Censura es una palabra fea – rima con clausura, usura, supura – y parece algo más propio de Berlanga y los funcionarios rijosos del franquismo que mutilaban besos con lengua, que del cine actual. Sin embargo, la realidad siempre se empeña en poner a prueba nuestros principios. Este año, el festival de Cannes ha celebrado el 40 aniversario del estreno de “La naranja mecánica”. A diferencia de la serbia, la película de Stanley Kubrick es endiabladamente compleja y genial. Después de verla, un espectador libre de prejuicios podría pensar que es una película peligrosa, una obra maestra, o ambas cosas al mismo tiempo. “La naranja mecánica” es ultraviolenta, pero de una forma mucho más contagiosa que los videojuegos o las películas de Hollywood: en ella, la violencia se practica con frialdad de superhombre y a ritmo de Beethoven. Su efecto sobre los espectadores jóvenes muestra el poder seductor del mal cuando se viste con una estética atractiva y es ejercido por un líder carismático. ¿Censuramos? No quiero parecer un ministro de información y turismo, pero creo que su visionado debería ser limitado a los mayores de 25 años. ¿Y qué hacemos con la Constitución y su artículo 12? Honestamente, no tengo la menor idea. Solo sé que he comenzado el artículo sintiéndome moderno y liberal, y lo termino oliendo a naftalina y abogando porque alguna forma de censura sigue siendo necesaria. Qué poca cosa somos.
sábado, 28 de mayo de 2011
ESCÁNDALO (27/05/2011)
“Este río desbordado, no se puede controlar, si lo nuestro es un pecado, no dejaré de pecar. Escándalo, es un escándalo, escándalo...” Raphael ha hecho este estribillo más famoso que las coplas de Jorge Manrique. A los españoles nos gusta la palabra, por su sonora esdrujulez y porque anuncia jugosas revelaciones sobre la honra del vecino, del famoso o de quien se tercie. Sospecho que en eso no somos muy diferentes al resto de los mortales: allá donde exista una comunidad de homo sapiens, en un pueblo manchego, en el desierto del Kalahari o en Laponia, sus miembros dedicarán una parte considerable del día a hablar sobre la vida privada del vecino, y de la posibilidad de que detrás de su fachada respetable se escondan vicios inconfesables y mentiras gordísimas. Es verdad que existen algunas particularidades regionales. Estos días ha llegado a la prensa el escándalo de Ryan Giggs, uno de los futbolistas más famosos del Reino Unido. Su reputación de padre de familia modélico ha saltado por los aires tras las declaraciones de una ex-concursante de Gran Hermano que confesó a un tabloide sensacionalista haber tenido un affaire sexual con él. El futbolista acudió a la justicia – aquí acaban las semejanzas con los escándalos hispanos – y logró que un juez prohibiera al tabloide publicar el reportaje para proteger su intimidad. Se difundió que un futbolista famoso había sido infiel a su esposa pero no se decía quién, por orden judicial. (¿Se imaginan en España una ley similar? Sería más polémica que la del tabaco) Finalmente, el morbo pudo más, y después de que 50.000 twitteros filtraran el nombre del adúltero en las redes sociales, un diputado contrario a la ley lo reveló en la Cámara de los Comunes. Otro escándalo. Querido Raphael: los ingleses necesitan tu canción como el comer, dales gusto. Scandal, it is a scandal...
viernes, 20 de mayo de 2011
15-M (20/05/2011)
Desde hace algunos años, mi querida Charo – aunque no venga al caso lo digo: una de las mujeres más guapas de Europa – recopila con paciencia de cartujo todas las columnas publicadas en esta sección desde 2006, y las publica en internet bajo la cabecera hombredelfaro.blogspot.com. En alguna ocasión, con la más pequeña de mis bocas, he intentado hacerle desistir de la tarea acudiendo a la estadística - el bajísimo número de visitas que recibe la página – o afirmando, con ese deje de presunto artista que solo busca que lo arropen, que si hay algo que sobra en este mundo son blogueros dando la barrila. Afortunadamente, no he conseguido desanimarla. No se trata solo de vanidad, releer algo que uno ha escrito en el pasado aporta valiosas enseñanzas siempre que se logren superar los escrúpulos al contemplar fallos, pedanterías y tontadas que se han acumulado con los años. A veces uno descubre que ha cambiado de opinión, o que fenómenos que parecían tener gran importancia han acabado siendo insignificantes. Sin embargo, y aquí dejo ya de sacudirme con el cilicio, excepcionalmente uno se siente algo profeta porque alguna de las cosas que escribió han acabado siendo temas de actualidad cuando no lo eran en el momento de publicarse. Algo así me ocurre con el 15-M, el movimiento ciudadano que ha tomado la calle desde el pasado domingo. Los asiduos lectores de esta columna, espero que haya alguno, sabrán que la necesidad de una reforma electoral ha sido una de mis obsesiones más recurrentes. En mi opinión, el hartazgo ante la mediocridad de la clase política es el motor de este movimiento, y debajo de él, la defectuosa ley electoral que pudre el sistema desde las raíces. No soy joven, no estoy en paro, pero estoy con ellos. Espero que del 15-M surja algo positivo. Y que el árbol de la democracia no se nos muera.
viernes, 13 de mayo de 2011
PROPAGANDA (13/05/2011)
Al ver el buzón lleno de sobres voluminosos, al principio te asustas. Te vienen a la cabeza logotipos de la Agencia Tributaria y películas ultrarrápidas protagonizadas por policías municipales que te empapelan con impresos de color rosa. El terror dura poco. De pronto caes en la cuenta de que las multas de tráfico y las notificaciones de Hacienda son finas como cuchillos y no necesitan demostraciones de fuerza: un papel de apenas diez gramos se basta para arruinarte el presupuesto de todo un mes. ¿Me habrá tocado el sueldo de Nescafé para toda la vida? La euforia dura todavía menos: jamás enviaste las etiquetas necesarias. En pocos segundos, la decepción se impone: los partidos políticos se han puesto de acuerdo, el mismo día, en llenar tu buzón de “Envíos postales de propaganda electoral”, y como parece que no confían demasiado en el diálogo matrimonial, te los envían por duplicado, uno para tu cónyuge y otro para ti. Una orgía de papel reciclado. El contenido de los sobres se parece bastante: la clásica carta del candidato, burdamente personalizada con una falsa firma manuscrita, que toca todas las teclas del piano político. Todos los partidos se declaran contrarios a la corrupción, austeros pero eficaces, sostenibles, preocupados por el bienestar social, y prometen maravillas sin subir los impuestos. Incluyen también la lista de los candidatos y el sobre para introducir en la urna. Al parecer, los jefes de campaña tienen la esperanza de que, en un calentón de entusiasmo, metamos la papeleta en el sobre, lo cerremos con goma arábiga, y lo tengamos guardado hasta el día de las elecciones. No es mi caso. En casa, la propaganda electoral va directamente del buzón a la basura. Un año me salió una urticaria muy fuerte al abrirla. Alergia al polen, me dijeron. Sí, claro, dije yo. Y desde entonces, ya no me fío.
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