domingo, 10 de junio de 2018

RAMIRO (20/05/2018)

Si la historia de Ramiro II el Monje hubiese llegado a oídos de Shakespeare, quizá su nombre daría hoy título a alguna obra señera del teatro inglés. Pero no era fácil. Ramiro fue rey de Aragón, un pequeño territorio casi pirenaico, en un pasado remotísimo; el rey monje era un personaje tan antiguo para Shakespeare como el dramaturgo inglés lo es para nosotros. Pero incluso hoy, la historia de Ramiro es tan apasionante que daría para una buena novela de intriga política o para una serie de Netflix. 
Como en otros casos de personajes que han hecho historia, Ramiro no estaba destinado a grandes empresas. Era el hijo menor del rey Sancho Ramírez y de su segunda esposa, Felicia de Roucy, y el cuarto en el orden sucesorio al trono aragonés. Siendo muy joven, Ramiro ingresó en la vida religiosa y a Dios quería encomendar el resto de sus días cuando el destino llamó a su puerta con un brusco cambio de planes. Al primogénito, Pedro I de Aragón, le había sucedido Alfonso I El Batallador, que a su vez murió tras una escaramuza con los moros de Fraga en 1134 sin dejar descendencia. Lo que sí dejó fue un testamento endemoniadamente confuso en el que legaba el reino a las órdenes militares. Como era de esperar, a los nobles aragoneses y navarros – en aquel tiempo, el rey aragonés lo era también de Pamplona – aquel testamento les pareció una broma de mal gusto y se dispusieron a deshacerlo. El siguiente en el orden sucesorio era Ramiro, un monje ya entrado en años (48), encorvado de tanto inclinarse sobre los libros de su querido monasterio de San Pedro el Viejo de Huesca, y que, lógicamente, ni tenía descendencia ni proyectos de concebirla, lo que planteaba un problema adicional sobre la continuidad del linaje real. A grandes males, grandes remedios. Ramiro colgó los hábitos, fue proclamado rey, y se hizo venir de Aquitania a Inés de Poitou, una viuda que ya había demostrado en un matrimonio anterior sus dotes fecundadoras, para que casara con ella. 9 meses después, puntual como un reloj, nació Petronila y Ramiro maldijo su suerte. Abandonar el sosiego de la vida monacal para casarse con una desconocida y acabar teniendo una niña - lo que no resolvía completamente el problema sucesorio - quizá le llevó a pensar que la providencia le estaba exigiendo demasiado. A los más románticos les gustaría imaginar que de aquel matrimonio de conveniencia surgió el amor, pero a tenor de los hechos posteriores no parece probable: tras el nacimiento de Petronila, Inés de Poitou se fue por donde había venido y Ramiro se dispuso a regresar a la vida monástica. 
Sin embargo, antes debía dejar el reino bien atado. Apaciguó a los nobles más levantiscos en un sangriento episodio que dio origen a la leyenda de la campana de Huesca, y que fue un golpe en la mesa lo suficientemente fuerte como para que rodaran unas cuantas cabezas y que nadie volviera a discutir su mando. Y sobre todo, en una jugada maestra, aseguró la continuidad del linaje aragonés uniendo los destinos del reino con el poderoso vecino del condado de Barcelona. Su hija Petronila casaría con Ramón Berenguer IV y el fruto de esa unión, Alfonso, sería rey de Aragón y conde de Barcelona. Cataluña y Aragón compartirían el mismo soberano, algo que, pese a quien pese, se ha mantenido hasta hoy. Alfonso nació en Huesca en 1157, a escasos metros del monasterio de San Pedro El Viejo, donde su abuelo apuraba sus últimos días en este mundo. Solo 5 meses después, aliviado al ver aclarado por fin el futuro del reino, Ramiro expiró.

ELOGIO DEL TURISTA (13/05/2018)

Hubo un tiempo en que a los turistas les llamaban viajeros. Solían ser gente refinada y de posibles, escribían bellas crónicas de paisajes que casi nadie había visto y fotografiaban al personal que invariablemente calzaba alpargatas y vestía traje regional todos los días. Los paisanos miraban a la cámara con una hondura tal, que hasta el fotógrafo más torpe era capaz de ejecutar obras maestras. En color sepia, además, que lo perdona todo. 
Un día dejaron de existir esos lugares. La señora del pueblo ya no tan recóndito tenía latas de fabada Litoral en la despensa y había cambiado el traje regional por un chándal. Su mirada ya no tenía esa hondura porque veía la televisión, como nosotros. Los viajeros, antaño exclusivamente franceses, ingleses y alemanes, ahora eran también españoles. Del refinamiento viajero nunca más se supo pero las cámaras hacían cada vez mejores fotografías: era tan fácil que ahora se las llamaba fotos. El alcalde de Benidorm viajó al Pardo para convencer a Franco de que el bikini en sus playas era una buena idea y un tal Manuel Fraga declaró que España era diferente; para demostrarlo se bañó en una playa en Palomares, Almería, donde acababan de caer del cielo cuatro bombas termonucleares de 1,5 megatones cada una. Había nacido el turismo. 
La palabra proviene del francés “tour” - vuelta, giro - pero a pesar de su noble etimología el turismo nació gafado. Ni siquiera convertirse en la primera industria nacional sostenedora de una balanza de pagos crónicamente deficitaria pudo redimirlo. Turismo se convirtió muy pronto en sinónimo de masificación, hormigón y mal gusto, y el paso del tiempo no hizo nada para cambiar esa idea. Cuando se quiere rebajar la importancia, calidad, profundidad intelectual o autenticidad de un establecimiento, comida, bien o servicio, se le añade el adjetivo “turístico” o el todavía más despectivo “para turistas”. Usted lo ha hecho, querido lector, yo lo he hecho y todos lo hemos hecho. Porque aquí nadie quiere ser turista. Turistas siempre son los demás. Cuando nos enteramos de que Barcelona está en pie de guerra porque ya no aguanta a los turistas decimos “ si es que no me extraña… ¿los has visto haciendo cola delante de la Sagrada Familia? ¿Pero qué les dan?”. Si vemos en la televisión que Venecia ha instalado tornos para controlar su entrada, nos echamos las manos a la cabeza y juramos que nos haríamos el harakiri antes de entrar en esa ciudad sagrada como si fuera el Santiago Bernabeu. Sí, porque nos gusta creer que nuestra Venecia es la de Visconti y nuestra Barcelona la de Els Quatre Gats, que para eso hemos estudiado y somos muy leídos. Tururú. 
¡Todos somos turistas, señoras y señores! Nos guste o no. Y si el mundo se ve acosado por la masificación y la fealdad, lacras mayores de la época que nos ha tocado vivir, la culpa no la tiene el turista. Desde luego no la tengo yo. La semana pasada visité una ciudad castellana de cuyo nombre no quiero acordarme y fui víctima de la picaresca más vergonzante por parte de los hosteleros del lugar: en la mayoría de los establecimientos se nos añadió a la factura vinos, desayunos y raciones de jamón que no habíamos consumido. Ya saben ese viejo dicho, “y si cuela, cuela”. ¡Y eso que éramos españoles que comprendíamos el idioma! No quiero ni pensar lo que harían con todos esos japoneses y americanos que nos rodeaban. Un respeto, por Dios. El turista tendría que ser mimado en este país como en ningún otro. Regulen, pero no roben. Que nos cargamos el invento.

martes, 8 de mayo de 2018

TRIBALISMO (06/05/2018)

Un viejo proverbio beduino dice: “Yo, contra mi hermano. Yo y mi hermano, contra mis primos. Yo, mi hermano y mis primos, contra el extranjero.” Por muy terrible que nos parezca esta declaración de principios, la historia de la humanidad parece confirmarla: somos una especie esencialmente conflictiva y debemos hacer enormes esfuerzos para superar esa condición o hacerla lo más llevadera posible. Inventamos la política para resolver el conflicto de forma pacífica en el interior de cada sociedad o la diplomacia para mantener la paz entre las naciones. Las religiones han tratado de difundir códigos morales que desactiven la agresividad y el apetito por la guerra. El deporte ha jugado también un papel importante para canalizar la conflictividad; la Liga de Campeones, por ejemplo, es una institución que participa de la construcción europea porque transforma la rivalidad en una competición incruenta que fomenta vínculos de amistad entre los pueblos. 
Sin embargo, en situaciones de crisis nada de esto es suficiente. La política, la religión e incluso el fútbol, en lugar de cumplir con su misión apaciguadora se transforman en gasolina que atiza el conflicto y que nos hace regresar a nuestra condición más primitiva. No se libran ni las naciones más desarrolladas del mundo. En los Estados Unidos, por ejemplo, “tribalismo” se ha convertido en la palabra de moda entre los sociólogos para tratar de describir la división que ha provocado la llegada de Donald Trump a la presidencia. No se trata del tradicional antagonismo entre derecha e izquierda, republicanos vs. demócratas. Es algo mucho más profundo que, según los más pesimistas, amenaza el futuro de la propia república. La derecha conservadora, proteccionista y principalmente de raza blanca se declara incompatible con la progresía demócrata, más abierta y multirracial. Y viceversa. Hoy en día, es más difícil que nunca que republicanos y demócratas vivan juntos o que se casen entre sí. Para una sociedad como la estadounidense, que necesita del patriotismo y de la unidad nacional para gestionar un territorio gigantesco, con algunos de los melting-pots más influyentes del mundo, el tribalismo político de la era Trump es la peor noticia imaginable. Y un fenómeno que se anunciaba desde hace años: la jubilación de los niños de la II Guerra Mundial, una etapa en la que el país se unió para hacer frente a una gran amenaza por encima de divisiones partidistas, dejó paso a una generación más individualista y menos solidaria. Donald Trump solo ha sido el oportunista con la visión suficiente para dar a una parte de la sociedad el discurso que estaba deseando escuchar. 
Aquí quizá no empleemos tanto esa terminología, pero de tribalismo siempre hemos ido bien servidos. Yo prefiero llamarlo odio político porque es una denominación más directa y porque su crudeza puede servir de recordatorio de los peligros que encierra: España, una cultura y un país maravillosos por tantas razones, ha sentido demasiadas veces en la historia moderna “que le hierve la sangre iracunda” y que sus habitantes han dirigido “el odio, la intolerancia y el apetito de destrucción” contra sus mismos compatriotas, como decía Manuel Azaña. Podemitas, sociatas, peperos y naranjitos se siguen odiando en la España de la segunda década del segundo milenio, sin aparente solución. A lo mejor no es tan complicado. Pongamos a las personas por delante de las ideas. Yo con mi hermano, con mi primo y con el mundo. Porque todos somos parte de la misma tribu.

domingo, 6 de mayo de 2018

1968 (29/04/2018)

Nací en 1968, por lo que puede decirse con propiedad que aquel fue el año más decisivo de mi vida. Hasta la fecha, por supuesto. Algún día, espero que muy lejano, ese número con resonancias francesas y rebeldes se verá acompañado en mi biografía por otro, separados ambos por un guión, que cerrará el paréntesis de mi paso por este mundo. Como le oí decir una vez a Joan Manuel Serrat muy jocosamente, “vive cada día como si fuera el último de tu vida porque algún día será verdad”. 
Aunque fui concebido en primavera, cuando Daniel Cohn-Bendit y sus muchachos de la Universidad de Nanterre se preparaban para liarla parda, sería muy aventurado pensar que mis padres se estuvieran entregando a alguna suerte de revolución sexual como la que anhelaban los estudiantes franceses: yo hacía el número cinco de sus hijos, todos nacidos en el seno de un hogar católico español de clase media. Ser familia numerosa de primera clase no tenía nada de extraordinario en aquellos tiempos de demografía rampante, pero estoy seguro de que a mis progenitores no les sobraba tiempo ni energía para dedicarlos a soñar con cambiar los cimientos de la civilización occidental. Preguntados hoy, recuerdan el mayo francés por lo mucho que se ha escrito sobre él desde entonces, pero en aquel momento jamás pensaron que se estaba escribiendo una página de la historia. A su generación, que no conocía otra realidad que la dictadura franquista y era básicamente analfabeta en materia política, aquellas algaradas estudiantiles les resultaban completamente ajenas. 
¿Dónde estaban entonces los futuros protagonistas de la transición política española? Adolfo Suárez, 35 años a la sazón, iba a ser nombrado gobernador civil de Segovia y jefe provincial del Movimiento. No puede decirse que fuera un rebelde precisamente. Por su parte, Felipe González había llevado hasta entonces una vida de estudiante universitario acomodado en la Sevilla de los años 60, con servicio militar como alférez de IMEC incluido. Indudablemente, su compromiso político era muchísimo más crítico con el régimen franquista que el de Suárez, pero en 1968 contempló la revuelta estudiantil francesa desde la barrera. Creo que la mayoría de la sociedad española que contribuyó al éxito de la transición una década después, se situó entre los polos que encarnaban estos dos personajes históricos: el de Adolfo Suárez, que maduró muy lentamente desde el interior del régimen hasta comprender la necesidad de un cambio, y el de Felipe González, que lo hizo de forma más comprometida, bordeando la clandestinidad, pero sin caer en el extremismo. 
¿Supuso mayo del 68 un punto de inflexión en sus carreras políticas? Probablemente fue el comienzo de la evolución interior que les llevaría a ocupar un día el palacio de la Moncloa. Para Suárez, el mayo francés fue la demostración de que un movimiento social callejero era capaz de cavar la tumba política de una figura histórica de la talla de Charles De Gaulle. Para Felipe González, el 68 fue igual de revelador: le convenció de la necesidad de correr riesgos, de pasar a la acción, porque el final del dictador podía estar más cerca de lo que pensaban. 
Y el 31 de diciembre de aquel año memorable nací yo. A veces pienso que un solo día de diferencia lo habría cambiado todo: nacer el primero de enero hubiera significado vivir otra vida, con amigos distintos, quizá con otros gustos, otras influencias… ¿otras opiniones políticas? Una cosa es segura: en mi biografía ya no luciría un año de nacimiento inolvidable.

lunes, 23 de abril de 2018

PONTE EN MIS ZAPATOS (22/04/2018)

Hay que reconocer que los angloparlantes nos han ganado esta vez en poesía. “Ponerse en los zapatos del otro” – la versión inglesa de nuestro “ponerse en el lugar del otro” –es una expresión que está condenada a triunfar, también en lengua castellana, porque aúna belleza y utilidad. Además, como alude a la virtud más predicada de este siglo XXI, la empatía, se comprende perfectamente su éxito. 
Sin embargo, a mí me gustaría llevar el concepto un poco más allá. Hablar de los zapatos en un sentido real. Me explico: uno puede hacer el esfuerzo de trasladarse mentalmente a la situación de otra persona para comprenderla de verdad, en sus acciones o en sus defectos. En eso consiste la empatía. Pero reconozcan conmigo que sería mucho más interesante – y mucho más efectivo – que esa traslación fuera física en lugar de solamente mental, y que literalmente pudiéramos meternos en los zapatos del prójimo. Tomemos, por ejemplo, a doña Christine Lagarde, directora del Fondo Monetario Internacional, probablemente una de las personas menos empáticas del planeta, empeñada en decir que los salarios son demasiado altos y deberían bajar (todos menos el suyo, claro está). ¿No está pidiendo a gritos una experiencia sensorial en los zapatos de una trabajadora ochocienteurista, dependienta de una tienda que abre sábados y bastantes domingos, para saber exactamente de lo que está hablando? Con tres meses, suficiente. Oye, que iba a regresar a su despacho de Washington con las ideas clarísimas. 
Y lo mismo podría aplicarse a los políticos españoles. En lugar de tanto máster de Harvard en versión de Aravaca, más les valdría unas cuantas “experiencias zapateras” para comprender de verdad la realidad que aspiran a gobernar. ¿Se imaginan que el currículum de Pablo Casado reflejara experiencias laborales del tipo: stage sobre economía del sector primario, un mes en la vendimia de Cariñena, de sol a sol? Francamente no. Pero tendría que ser obligatorio. Un ministro de agricultura debería haber vendimiado al menos una vez en su vida, un ministro del interior haber sido policía raso durante unos cuantos turnos de noche, y sobre todo, aquel estadista que quisiera lanzarse a una guerra debería conocer mucho antes la vida en las trincheras o la experiencia de sufrir un bombardeo en su propia casa. No pretendo escurrir el bulto. El mundo es como es, por obra y gracia de cada uno de nosotros sin excepción; con distintas cuotas de responsabilidad, cierto, pero hasta el último de nosotros es legítimo participante en el reparto. Digo esto, porque también nos vendría muy bien a todos – a mí el primero - conocer de cerca cómo viven nuestros semejantes menos favorecidos, aquí o en el extranjero. 
La empatía está cambiando el mundo y lo hará todavía más en el futuro. La revolución de las comunicaciones impide ignorar lo que está pasando, casi en directo, en cualquier rincón del planeta. Ponerse en los zapatos del otro nunca ha sido más fácil. Y lo será más. La tecnología de la realidad virtual hará posible experiencias sensoriales que nos acercarán todavía más a las vidas de los otros. Obviamente, como cualquier tecnología revolucionaria no está exenta de riesgos: la realidad virtual podría convertirse en una vía de escape del mundo en decadencia, como anticipan algunas películas futuristas. Qué le voy a hacer, soy condenadamente optimista. Creo que la tecnología nos acercará más. Puede que no nos haga mejores, pero sí cada vez más interconectados. Cada vez más condenados a entendernos.         

lunes, 16 de abril de 2018

MAESTROS (15/04/2018)

8:30 de la mañana. Refugiados bajo la marquesina del autobús, esperamos al número 34 que hoy tarda más de lo habitual. Llueve con alegría primaveral pero hace un frío de febrero. Mi hijo Manuel, de tres años, pellizca mis nudillos para entretener la espera y aguanta estoicamente las inclemencias del tiempo sin quejarse. A pesar de su corta edad, él también parece comprender la importancia de ese ritual diario que supone ir al colegio, llueva, truene o haga calor. 
Manuel es tan pequeño, tan inocente en todo lo que dice y hace, que me inspira una ternura que no puedo describir. A veces me gustaría que nunca cambiase, que conservase siempre esa mirada infantil que no juzga, que no clasifica a las personas por lo que tienen o por lo que son. Desgraciadamente, eso no será posible. Pronto descubrirá que el coche de su padre – que él piensa que es un bólido de carreras – es en realidad un viejo cacharro de segunda mano que está pidiendo a gritos el relevo, que hay niños que tienen un cuarto más grande que el suyo y que el mundo es también un lugar bastante hostil donde los seres humanos luchan entre sí para ganar respeto, dinero y poder. Para eso deberían existir los colegios. Para enseñar a los niños a comprender ese mundo en toda su complejidad, porque solo así podrán desenvolverse en él. 
¿Lo hacen de verdad? ¿Cumplen los colegios su misión? Estoy seguro de que lo intentan. En cada momento de la historia, la escuela ha sido el reflejo de los valores de la sociedad, de sus necesidades productivas y hasta de su fe religiosa. Y el mundo ha cambiado. Mi generación vivió los últimos coletazos de la educación tradicional, con castigos físicos incluidos, y ahora es testigo de un modelo que se preocupa más del bienestar emocional del alumno. Estoy convencido de que es el camino a seguir. El maestro – qué bonita palabra, ya casi en desuso – debería ejercer como tal en el sentido más amplio posible y no limitarse a instruir a sus alumnos en la materia correspondiente. Debería compartir con humildad el trayecto vital que le ha llevado hasta ese estrado, su experiencia y los desafíos que ha tenido que superar. 
Comprendo que esta visión algo idílica de la educación pueda asustar a algunos padres, convencidos de que lo que sus hijos necesitan por encima de todo es un alto nivel de inglés para competir en un mercado laboral cada vez más exigente. Como padre que soy con un alto nivel de inglés les tranquilizaría: yo no aprendí este idioma gracias a un licenciado en Cambridge. Yo tuve al peor profesor de inglés que se pueda imaginar, un individuo paranoico con un nivel académico bajísimo al que le gustaba estirar de las patillas a sus alumnos. Por suerte tuve otros maestros, en el aula y fuera de ella, que cultivaron en mí la fuerza de voluntad y el equilibrio necesarios para enfrentarme a un desafío tan exigente como el de aprender un idioma. Por eso, cuando veo entrar al pequeño Manuel en el colegio lo que deseo es que encuentre buenos maestros. Modelos de conducta, además de profesores competentes con un buen nivel académico. Esas personas le ayudarán a comprender el mundo más allá de las limitadas fronteras de lo que ya conoce. Entre otras cosas, que hay familias que no tienen coche y que muchos niños ni siquiera tienen cuarto o juguetes. 
Sin prisa pero sin pausa. Hoy solo es un día en este largo camino. Llueve, hace frío y hemos llegado con retraso porque el 34 ha venido más tarde que nunca. Seguro que Manuel ha sacado infantiles e interesantes conclusiones al respecto.     

martes, 10 de abril de 2018

UNA HISTORIA MAYOR (08/04/2018)

En la España universitaria del siglo XVI también había clases. Junto a las universidades mayores de Alcalá, Salamanca y Valladolid surgieron otras, las llamadas “menores”, que facilitaban el acceso a la educación superior a los que no podían desplazarse a los grandes centros del saber. Cervantes se burlaba veladamente de las ocurrencias del cura del Quijote, precisamente porque este se había formado en una de esas universidades menores, la de Sigüenza. Como ven, no hay nada nuevo bajo el sol. 
Estamos en Almagro, Ciudad Real, en la que fuera universidad menor de Nuestra Señora del Rosario, acompañando a nuestro amigo mexicano Mauricio Fernández Garza. Ignoro si Mauricio asistió a una universidad mayor o menor, pero le ha dado para ser un personaje tan polifacético que es difícil glosar su figura sin arriesgarse a ocupar toda la extensión de este artículo. Exitoso alcalde de San Pedro Garza García - localidad de 120.000 habitantes en el área metropolitana de Monterrey - empresario, coleccionista de arte, mecenas de la paleontología y activo defensor de los animales en peligro de extinción. El motivo de su visita a Almagro es reencontrarse con el lugar de procedencia del techo mudéjar que preside el salón principal de su casa de “La Milarca”, en México. ¿Cómo llegó a recorrer más de 8.000 kilómetros ese magnífico techo de par y nudillo de 30 metros de largo? El magnate de la prensa estadounidense William Randolph Hearst - excéntrico personaje que inmortalizara Orson Welles en su película “Ciudadano Kane” - lo compró hace casi un siglo y el rompecabezas de madera en que se convirtió una vez desmontado acabó en un almacén donde permaneció durante décadas. En 1975, cuando estaba a punto de ser vendido a un fabricante de muebles antiguos falsos, Mauricio lo compró al ver un anuncio en una revista norteamericana. Tenía 25 años y su familia pensó que se había vuelto loco. 
El traslado desde Carolina del Norte, donde reposaba aquel ingente montón de madera, hasta Monterrey, fue el comienzo de una odisea que merecería estar en los anales de las operaciones constructivas más complejas y surrealistas de la historia. Para empezar, una extrañísima ley estadounidense prohibía el traslado por ferrocarril de objetos de más de 300 años de antigüedad. Mauricio contrató doce enormes camiones tráiler que trasladaron las vigas de madera de más de 15 metros de largo - que un día fueron árboles gigantescos en las serranías de Cuenca - junto a una miríada de piezas medianas, grandes y pequeñas que formaban el complejísimo puzzle de hace 500 años que nadie sabía si podría volver a armarse. El restaurador mexicano Manuel Serrano dedicó más de un año a la tarea. Cuando comprobó que no faltaba ninguna pieza y que el techo comenzaba a “trabajar” estructuralmente en la casa que se había construido para él, cerrando sus grietas e irguiéndose como si estuviera vivo, dicen que lloró de emoción. Detrás de aquel techo vinieron cuatro más, todos de procedencia española y comprados en su día por Hearst, que Mauricio salvó de la destrucción para conformar la colección de techos mudéjares más exclusiva y valiosa del mundo. 
“Al venir a Almagro no sabía si me iban a abrazar o a lincharme”, dice el alcalde de San Pedro Garza García con humor. Los almagreños le están agradecidos. Salvó el techo de la destrucción y hoy es el mejor embajador del esplendor de Almagro al otro lado del Atlántico. Y todo surgió en una universidad menor.  A veces de allí también salen las historias más grandes.