El 20 de julio de 1842, el botánico francés Albert de
Franqueville y el militar ruso Platon de Tchihatcheff alcanzaron la cumbre del
Aneto por primera vez. La cima más alta de los Pirineos (3404 m.) y la tercera de
España tras el Teide y el Mulhacén. Por desgracia, la conquista que me ocupa en
estas líneas tiene muy poco que ver con el sano deporte del montañismo. En
2010, la cadena de televisión catalana TV3 denominaba al Aneto como uno de los
montes emblemáticos de Cataluña. Wikipedia, en su versión catalana, recoge a
día de hoy que, “para algunos”, el Aneto es el punto más alto de los Països
Catalans. ¿Es necesario aclarar que en realidad está en Huesca, Aragón, España?
Por supuesto que no. Lo triste del asunto, y una muestra palmaria de la
eficacia del “falsea que algo queda”, es que el mismísimo Instituto Geográfico
Nacional, dependiente del Ministerio de Fomento, acaba de publicar unos mapas
que sitúan el Aneto ¡en el valle de Arán! Como es lógico, a la metedura de pata
han seguido las disculpas y rectificaciones de rigor. La cuestión es que en
Aragón empezamos a no sorprendernos demasiado de los intentos del nacionalismo
catalán de rehacer la historia a su medida y hasta los mapas si el botín es lo
suficientemente apetitoso. Es obvio que el Aneto lo es. Los estados se forman y
se desmembran desde tiempos inmemoriales. Adelante pues con el independentismo,
la construcción nacional y la fabricación de fronteras los que tengan ganas; las
emociones fuertes están garantizadas. Sin embargo, el pasado, señores
nacionalistas, es el que es. No se puede cambiar a voluntad. El Aneto pertenece
a Aragón, hoy como en 1842. Como parte de España también pertenece a los
catalanes, cómo no, pero no se puede escamotear al descuido. Porque no nos lo
vamos a tragar.
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