La idea procede del mundo anglosajón y en España ha
triunfado con rapidez. El Club de las Malas Madres es un blog fundado por una
creativa publicitaria madrileña, que reivindica el derecho de las progenitoras
a no ser perfectas, a tener “pensamientos impuros de mala madre” tales como
“ojalá se inventaran los campamentos de otoño, de invierno, de primavera...
¡Queremos echaros de menos, hijos!”. O “rezar para que llueva... y no tener que
bajar con los niños al parque”. El blog se nutre de un sano humor aplicado a
los muchos momentos de culpabilidad y
agotamiento que deben soportar las madres de hoy en la crianza de sus hijos,
pero debajo del desenfado late una necesidad profunda de exteriorizar
sentimientos y experiencias, y de sentirse mejor al compartirlas. Porque las
madres están cargadas de razones. La perversa sociedad actual ha conservado
parte de los roles del pasado – las madres tradicionales, infatigables, que lo
sacrificaban todo por su prole – y les ha sumado unas exigencias laborales que
ponen a las mamás en situaciones cotidianas que rozan el surrealismo puro.
Aclaro, para quien no ha reparado en mi firma, que no soy madre. Más bien soy
ese padre “que por las noches es sordo como una tapia”, o quien,
estadísticamente, es casi imposible que “acabe echando el body en la basura y
el pañal a la lavadora”. Mi hijo tiene dos meses de vida y en estos momentos
soy como ese actor secundario que trata de no hundir la función y recordar su
frase cuando le toca. Que aguarda – con cierto temor – a que llegue el momento
de transformar el cochecito-bebé en silla de paseo, y tenga que dar un paso al
frente para manipular el diabólico artefacto. Sospecho que eso también lo
acabará haciendo mi señora. Que no sé si algún día se sentirá una “mala madre”.
Pero delante de ella me quito el sombrero.
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