Si vinieran a quemar cosechas, a violar a las
mujeres y a vendernos a todos como esclavos, la situación sería preocupante
pero de solución extremadamente sencilla: cuando asomara el primer grupo de
subsaharianos por el monte Gurugú, el glorioso ejército español les recibiría a
cañonazo limpio, la sociedad aplaudiría y las banderas rojigualdas ondearían en
los balcones como si hubiéramos ganado otra vez el mundial de fútbol. Pero los
miles de desharrapados que aguardan al otro lado de la valla de Melilla no
vienen a invadirnos. Quieren cosas sencillas y pacíficas: trabajar, ganar un
sueldo y tener una familia. Esto convierte a la situación en relativamente
menos preocupante pero de solución dificilísima. Por un elemental sentido de la
humanidad, el cañonazo queda descartado. ¿La pelota de goma? Ya empiezo a
sentir como el terreno se hace blando bajo mis pies. Vamos a ver, cuando mil
tíos corren hacia la valla gritando y tirando piedras como panes, algo habrá que
hacer, digo yo. Quizá no más de lo que haría un policía antidisturbios cuando
una manifestación se sale de madre en una ciudad española, pero tampoco menos.
La frontera, por muy antipático que resulte, debe regularse y protegerse. La
otra cuestión es qué podríamos hacer los europeos para ayudar al desarrollo de
los países africanos de origen y contener esta marea. Es obvio que mucho más de
lo que hacemos. En el terreno económico, hay que fomentar inversiones y
acuerdos comerciales; en el político, apoyar a gobiernos democráticos que
espanten la corrupción y el extremismo. En definitiva, hay que mojarse, y con
la cartera por delante. Dentro de poco, mirar hacia otro lado – especialidad
europea por excelencia - ya no valdrá de mucho. Porque vendrán por todas
partes. Y no habrá valla lo bastante alta para detenerlos.
viernes, 21 de marzo de 2014
lunes, 17 de marzo de 2014
TRASNOCHADORES (14/03/2014)
A los españoles siempre nos ha costado irnos a la
cama. A dormir, se entiende. Según una reciente encuesta, una cuarta parte de
la población sigue enganchada a la televisión más allá de las doce de la noche.
Me temo que la culpa no es de las series ni de los concursos de talentos. Antes
de que se inventara la tele, el español ya se quedaba en el café hasta las mil,
charrando de lo divino y de lo humano, conspirando, dando palmas o lo que se
terciara; lo llevamos en el ADN. A los extranjeros, como es lógico, este
carácter trasnochador les parece de lo más exótico. El mes pasado, el New York
Times titulaba: “España, la tierra de las cenas a las 10 de la noche, se
pregunta si es el momento de cambiar”. Sorprendentemente, el texto no caía en
los tópicos habituales. En efecto, aquí ya nadie duerme siestas de tres horas y
aquello de que somos un país de baja productividad se encargan de desmentirlo
las estadísticas de la Unión Europea. La verdadera raíz del problema, y así lo
destacaba el artículo, está en la irracionalidad de nuestros horarios. ¡El
español se va tarde a la cama porque quiere vivir! Y parece ser que entre el
trabajo, el almuerzo, la parada para comer y el
qué-pasa-con-el-jefe-que-no-tiene-casa-o-qué, la vida no empieza hasta las
diez, cuando el resto de los europeos ya está chafando la oreja. El New York
Times señalaba que los políticos españoles se lo toman muy en serio, porque una
comisión parlamentaria ya estaba estudiando el tema. Jo, jo, jo. Cómo se nota que son de Cincinnati o de Wisconsin.
Si fueran de por aquí sabrían que una comisión de políticos españoles no se
crea para tomar decisiones; está para aplazarlas indefinidamente. Algún día
cambiaremos y nos iremos pronto a la cama como los niños buenos europeos. Pero
sin forzar. Pongamos... ¿qué tal el siglo que viene?
viernes, 7 de marzo de 2014
HIPOCRESÍA (07/03/2014)
Fiel a la tradición bianual, la sociedad española
se escandaliza estos días al conocer los resultados de la encuesta estatal
sobre el uso de drogas en estudiantes de secundaria. ¡Resulta que los chicos beben!
Tengo para mí que todos estos aspavientos que se airean en artículos de prensa
y entrevistas a expertos en televisión, tienen mucho de hipocresía. Después de
todo, los chavales se esconden poco; no es difícil verlos cargados de bolsas de
supermercado un viernes por la tarde, camino de algún lugar discreto. Luego, de
regreso a casa, tampoco hace falta ser un Perry Mason para detectar si tu hijo
o tu hija han bebido alcohol. ¿Tres de cada cuatro menores lo han hecho en el
último mes? Bueno, pues quizás no debería sorprendernos tanto. Lo que sí llama
la atención es que muy pocos creadores de opinión reflexionen sobre la nula
efectividad de la prohibición absoluta de consumo de alcohol a menores puesta
en marcha en los últimos años – antes la edad legal se fijaba en los 16 – y de
los efectos perversos que provoca: se expulsa a los más jóvenes de los bares y
se les empuja a beber en parques y aparcamientos, donde es mucho más fácil caer
en el exceso. Hacer botellón lo llaman, aunque la Real Academia de la Lengua,
en un acto reflejo de esa hipocresía generalizada, no se dé por enterada.
Personalmente, creo que es mucho más coherente permitir el consumo de alcohol a
partir de los 16 años - aunque solo sea de vino y cerveza, como hacen en
Alemania - que empeñarse en una prohibición que ni se cumple ni se hace
cumplir. ¿Con qué fuerza moral se prohibe beber a un joven de 16 años cuando el
mismo sistema legal le permite trabajar, casarse o incluso abortar? Educar es
una tarea difícil, que exige tiempo y esfuerzo. Prohibir es fácil. Lo que no
está demostrado es que siempre sirva para algo.
viernes, 28 de febrero de 2014
PACO DE LUCÍA (28/02/2014)
La palabra guitarrista me viene grande. Sería más
preciso decir que, a ratos, toco la guitarra. Hoy todos los aficionados del
mundo a este instrumento maravilloso estamos de luto. Y no solo nosotros: la
muerte de Paco de Lucía ha sido como un rayo inesperado que ha dejado a toda la
cultura española huérfana y triste. ¡Ay de los que se quedan! El vacío del
maestro es tan enorme, que no me gustaría estar en el pellejo de los que ahora
deban portar el estandarte de la guitarra flamenca – la guitarra española
popular por antonomasia – que Paco paseó por los cinco continentes con ese
estilo que nos llenaba de orgullo. Desde que tengo uso de razón, los españoles
hemos presumido de Paco de Lucía porque encarnaba como pocos eso que llaman el
genio español y que todos soñamos con compartir, aunque solo sea por el
gentilicio. Si la genialidad se reparte con cucharitas de café, con Paco
alguien usó un cucharón sopero. No solo por su virtuosismo, absolutamente espectacular,
inverosímil para este humilde tocador de guitarra a ratos que les escribe, sino
también por su autenticidad, por su carácter de verdadero artista que vive su
don como una bendición y una tortura a partes iguales. Paco de Lucía era
incapaz de mentir, de adoptar poses. Para él la creación – no la copia o la
repetición – era el resultado del sufrimiento. Por eso, en muchas ocasiones
había confesado la tentación de dejar la guitarra en un rincón y no volver a
mirarla más. Como cuando era niño y practicaba hasta las lágrimas bajo la
exigente mirada de su padre. Tiempos duros donde se forjan los héroes de
verdad, los que parten desde muy abajo y sueñan con la gloria para no vérselas
con un puchero vacío. Qué grande eres Paco. Espero que tengas por allá arriba
una guitarra a mano. Para que ya solo puedas disfrutar.
martes, 25 de febrero de 2014
EL CATACLISMO (21/02/2014)
La edición digital de la BBC dedicaba ayer un
artículo a Ada Colau, cabeza visible del movimiento Stop-Desahucios, elogiando
a la activista catalana por haber movilizado a sectores sociales masacrados por
la crisis inmobiliaria, en favor de la reforma de la legislación hipotecaria
española que el mismo medio británico califica de "draconiana".
Sorprende lo poco que se habla y se escribe hoy en España sobre el asunto. En
una sospechosa evolución de las prioridades informativas, se comenzó hablando
de una ola de suicidios motivada por los desahucios, se siguió con la necesidad
urgente de una reforma - a raíz de la bochornosa llamada de atención del
Tribunal de Justicia de la Unión Europea que tachó a la ley española de
"ilegal y abusiva" - para acabar centrando el debate exclusivamente
en la polémica de los escraches. Después, el silencio. Sin embargo, la realidad
sigue ahí, y ninguna improvisación gubernamental en forma de real decreto ha
conseguido acabar con ella. 350.000 desahucios desde 2008. El mayor cataclismo
económico y social desde el final de la guerra civil. El fracaso de la clase
dirigente en predecirlo y gestionarlo ha sido tan clamoroso, que ha
inhabilitado moralmente a sus líderes para continuar al frente del país. Todos
aquellos que tuvieron altas responsabilidades de gobierno u oposición durante
el fatídico período – importa poco de qué partido político - deberían dejar
paso a otros. Lo mismo sería aplicable a la banca, las escuelas de negocios o
los think-thanks. En el artículo citado, el periodista de la BBC no dejaba de
asombrarse de la inexistencia de una política de vivienda en España. O del
exiguo porcentaje de vivienda social (2%) en comparación con Francia, Holanda o
Gran Bretaña (entre el 20 y el 30%) Ya es triste que tenga que venir alguien de
fuera a recordárnoslo.
viernes, 14 de febrero de 2014
MENOS POLÍTICA Y MÁS CINE (14/02/2014)
La gente del cine en España ha sido
tradicionalmente bastante rojilla. Bueno, esto podría matizarse: el mismísimo
Franco se lanzó a escribir – bajo seudónimo -
el guión de “Raza”, un pestiño del género bélico-propagandístico que
alababa las virtudes de su bando nacional frente a las hordas rojas. Pero si
hablamos de la reciente historia, desde la muerte del dictador, las nuevas
generaciones que han nutrido la industria audiovisual han sido mayoritariamente
gentes de izquierda. Durante bastantes años, esta realidad se aceptó por parte
de los sectores más conservadores de la sociedad sin demasiados traumas. Y
llegó la guerra de Irak y el movimiento del “no a la guerra”. La gala de
entrega de los premios Goya de aquel año cavó una fosa entre peliculeros y
simpatizantes del Partido Popular que se ha mantenido hasta hoy. Para estos, el
cine español se ha convertido en algo sospechoso, no solo por la calidad de sus
películas (a las que jamás van), sino por el presunto sectarismo antipepero de
los que las hacen. El problema de los conflictos enquistados es que el paso del
tiempo no les pone remedio; el quiste se agarra a la carne hasta confundirse
con ella, y para deshacerse de él hace falta alguien con unas dotes de
relaciones públicas irresistibles. Es decir, todo lo que no es el ministro
Wert. Sinceramente, creo que el sector del cine en la actualidad está mucho
menos politizado que antaño, y tiene un perfil bastante más plural. Pero claro,
los conservadores en España no acaban de enterarse. ¡Hace años que no ven la
gala de los Goya! Como dijo David Trueba, gran triunfador de los premios de
este año, el cine español está hecho por gentes que votan a todos los partidos
y que piden ayudas al estado como lo puede hacer el sector porcino o el de las
oleaginosas. Tengamos pues la fiesta en paz. Hagamos menos política. Vayamos
más al cine.
viernes, 7 de febrero de 2014
BEATLEMANÍA (07/02/2014)
Hace justo 50 años, cuatro veinteañeros de
Liverpool, Inglaterra, aparecían por primera vez en el show televisivo
estadounidense de Ed Sullivan, marcando un hito en la historia de la cultura
pop y convirtiendo a The Beatles en un fenómeno planetario. La puesta en escena
era de una simpleza que hoy causaría sonrojo, pero aquellos cuatro chavales que
combinaban ternos impecables con un corte de pelo provocador – los padres de la
época decían a sus hijos para desanimarles: “seguro que son pelucas” – lograron
una audiencia récord de 73 millones de espectadores. Hacía solo tres meses que
el presidente Kennedy había sido asesinado y los norteamericanos estaban
ansiosos por pasar página y empezar a hablar de otra cosa; momento y lugar
adecuados, atuendo perfecto y... canciones, por supuesto. Llevo toda la vida
escuchando a los Beatles y todavía sigo preguntándome por las claves de su
éxito; qué les hizo tan grandes y diferentes al resto. Creo que su primera aparición
televisiva en Norteamérica proporciona una de las más importantes: el trabajo
duro. Aunque su aspecto inmaculado pudiera insinuar otra cosa, John, Paul,
George y Ringo no cayeron en ese escenario por casualidad. Desde 1957, habían
tocado en directo centenares de veces, durante horas, en clubs de mala muerte y
a cambio de nada. Eso explica que delante de una audiencia que haría temblar al
más pintado, aquellos críos no fallaran una nota. Tenían una ambición y un
descaro desmesurados. Eran niños de posguerra. Los grupos que hoy luchan por
hacerse un hueco en el negocio musical, con unos recursos económicos y
tecnológicos infinitamente superiores, siempre carecerán de ese espíritu.
Tendrán otro. Pero difícilmente llegarán a igualarlos. Ladies and gentlemen... ¡The Beatles!
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