viernes, 28 de diciembre de 2012

SECUOYAS (28/12/2012)

Es la especie de árbol más alta y longeva del mundo. Las secuoyas gigantes llegan a alcanzar los cien metros y algunos ejemplares pueden jactarse de ser contemporáneos del mismísimo Ramsés II. Les ahorraré la consulta wikipédica: nacieron hace 3.200 años. ¡Y todavía siguen creciendo! Una demostración de vitalidad tan apabullante deja claro que la naturaleza, a la que a menudo creemos sometida por nuestra inteligencia superior, todavía puede darnos bonitas lecciones de humildad y de otras muchas cosas. Al lado de la secuoya, el ser humano es un animalillo algo acelerado, inteligente sin duda, pero que quiere hacer demasiadas cosas en poco tiempo; al alcanzar la mitad de su vida, ya se está preguntando por qué no hizo y lo que le hubiera gustado hacer, y a tratar desesperada e inútilmente de que el paso del tiempo no deje huella en su corteza exterior. Al ser humano moderno no le gusta la vejez. Cuantos más saberes acumula sobre los mecanismos de la vida a través de la ciencia o la medicina, más resentimiento le inspira el espectáculo de su decadencia; el joven desprecia a los viejos, y cuando el paso de los años le convierte en uno de ellos, tiene tan interiorizada su condición de estorbo social que los reveses de la vida le hacen exclamar: “¿Adónde voy yo ahora con cincuenta años?” O con sesenta, o con setenta. La secuoya no tiene estos problemas. Cada año, su tronco suma un anillo más y su aspecto es más imponente. Es una ventaja, no hay duda. Si los seres humanos nos hiciéramos más altos y más fuertes con el paso del tiempo, nos costaría menos entender que hacerse viejo es también una forma de crecer por dentro, en sabiduría, y que nunca se detiene. Que a nuestra pequeña escala, de animalillos algo acelerados, también podemos ser unos viejos admirables. Como las benditas secuoyas.

viernes, 21 de diciembre de 2012

ARMAS DE FUEGO (21/12/2012)

Una semana después de la masacre de Newtown, el mundo sigue preguntándose cómo es posible que la sociedad estadounidense, tan práctica y civilizada en otros órdenes de la vida, permanezca ciega ante una realidad tan evidente: que su relación con las armas de fuego es enfermiza y altamente peligrosa. Para intentar justificarla se recurre al espíritu de frontera, que dicen forjó la nación norteamericana, pero el argumento no me convence: aquí no hubo indios cherokee pero sí bandoleros en Sierra Morena, y hace tiempo que dejamos de tener un trabuco colgado en la pared. Contra lo que pueda parecer, matar no es fácil. Requiere una voluntad fuerte que, vencidas la religión o la moral, supere los dos obstáculos que la naturaleza interpone en defensa de la vida: una repugnancia innata ante la contemplación de la muerte ajena, y el instinto de supervivencia que hace temer al agresor que el atacado, al defenderse, le inflija la propia. Matar tampoco es fácil en tiempo de guerra, aunque se cuente con la valiosa ayuda de las armas de fuego; para salir de la trinchera a exponerse a las balas y a la metralla, la voluntad del soldado debe recurrir al patriotismo o al temor al pelotón de fusilamiento. Aquí surge el meollo de la cuestión. Introducir armas de fuego – ¡diseñadas para la guerra! – en un medio social pacífico, tiene consecuencias devastadoras. Todos los mecanismos de seguridad previstos por la naturaleza saltan por los aires. Con un arma en la mano, cualquier voluntad débil, cualquier tarado, se siente poderoso e invencible. Un solo empujoncito del dedo índice, en un suspiro, y te cargas a veintisiete. Otro empujoncito, encañonando a la sien, y escapas a las consecuencias. Demasiado fácil. Demasiado evidente. Seguir permitiéndolo, amigos norteamericanos, demasiado estúpido.

viernes, 14 de diciembre de 2012

ORTOGRAFÍA (14/12/2012)

Las reglas de ortografía no pertenecen a ningún texto sagrado. Que una palabra se escriba con b o con v, depende de la decisión más o menos arbitraria de las autoridades de una comunidad parlante, tratando de conseguir la uniformidad estética y sonora en el uso de la lengua. Cuando Miguel de Cervantes escribía que su “Quixote” era hombre de “rozín” flaco y galgo corredor, no estaba cometiendo faltas de ortografía; sencillamente, la ortografía no existía como tal. Hubo que esperar al nacimiento de la Real Academia de la Lengua para que cada españolito dejara de escribir como le viniera en gana. A la vista de esta explicación, podría concluirse que la epidemia ortográfica que azota a nuestros jóvenes no es algo demasiado preocupante, sino una manifestación transgresora –como el botellón o el hip-hop – de su libérrima condición. Grave error. Las faltas de ortografía no son una enfermedad pero sí son un síntoma; un síntoma de que el que las comete no ha leído lo suficiente. Muchos padres no entienden que la lectura no es un capricho intelectual, ni un entretenimiento alternativo a estar todo el día jugando a la Play. Para un niño, aprender a leer bien -es decir, a la suficiente velocidad y comprendiendo lo que lee- es tan importante para su futura capacidad mental como la leche materna lo fue para formar su hígado, su corazón y sus extremidades. Por esta razón, y no para tocarnos la moral, algunas instituciones internacionales realizan periódicos exámenes de compresión lectora en los distintos países. Esta semana, el informe PIRLS, que no decía nada del catalán o la religión en las escuelas, situaba a los alumnos españoles entre los peores de Europa. La próxima reforma educativa también tratará de resolver el problema. No lo apuesten todo a que lo consiga. Por si acaso, hagan que sus niños lean.

viernes, 7 de diciembre de 2012

CASABLANCA (07/12/2012)

Se han cumplido setenta años de su estreno, y continúa siendo una de las películas más memorables de la historia. Filmada durante la II Guerra Mundial, “Casablanca” estaba a medio camino entre el drama romántico y la cinta propagandística – mezcla de géneros que suele conducir al desastre – y era una más entre los centenares de películas que salían cada año de la factoría de Hollywood. Aspiraba, en principio, a no perder dinero; luego, si sonaba la misteriosa flauta de la inspiración, a hacer negocio. Y sonó, vaya si sonó. Como es sabido, cumplió todos sus objetivos con creces, pero durante su realización fueron tantos los contratiempos, que muchos dudaron de que llegara a estrenarse. Hubo cambios de guionistas, de director, y se comenzó el rodaje con el guión inacabado; los actores se paseaban por el plató tratando de averiguar cómo acababa la película, pero nadie lo sabía. Humphrey Bogart andaba enfurruñado porque era cinco centímetros más bajo que Ingrid Bergman, y le obligaban a llevar alzas y almohadones. Los problemas presupuestarios hicieron que el avión de la mítica escena final fuera de cartón, y tan pequeño, que hubo que contratar a actores enanos para que no se notara. La lista sería inacabable. “Casablanca” fue un pequeño milagro y la historia de su realización es casi tan inspiradora como la de Rick, Elsa y compañía; historias de lucha contra la adversidad con final feliz, de esas que hacen falta a carretadas en los miserables tiempos que vivimos. Hoy los malos no son los nazis, ni los ejecutivos del estudio que quieren enredarlo todo, pero la actitud debería ser la misma: sacrificio, coraje y a no desfallecer aunque parezca que el mundo esté a punto de acabarse. Aunque haya que cambiar de director y guionista. Aunque nadie tenga muy claro cómo va a acabar esta película.

viernes, 30 de noviembre de 2012

ISABEL Y FERNANDO (30/11/2012)

En un país desmemoriado como el nuestro, y con pocas razones para sentirse orgulloso de su historia en el último siglo, mirar atrás ha estado muy mal visto. Si nos remontamos aún más en el tiempo, el asunto se pone peor: como el dictador Franco proclamó a su triste Movimiento nacional heredero de la España imperial, con la llegada de la democracia, cualquier reflexión en positivo sobre algunos de los períodos más apasionantes de nuestra historia se convirtió en herejía. Hasta hoy. Con la serie “Isabel”, la televisión pública española se ha atrevido a contar, con gran éxito de audiencia, la historia de los Reyes Católicos, con el yugo y las flechas y su tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando. Hace solo unos años hubiera sido impensable. Alguien dirá, y no sin razón, que a los creadores de “Isabel” se les ha ido un poco la mano en la idealización de su protagonista y que la verdadera reina de Castilla – de quien se dice que le gustaba menos el agua que a un gato viejo - no era tan guapa como la angelical Michelle Jenner. También, que la serie no se ha librado del repelente tufillo de lo políticamente correcto: en un absurdo afán por modernizar al personaje, la Isabel televisiva muestra en ocasiones un discurso insólitamente feminista y “de género”. Defectos perdonables. Acostumbrados en los últimos tiempos a los ninjas voladores trasplantados al siglo de oro y a las historias medievales imposibles, el rigor histórico de la serie es encomiable. Como aragonés, sin embargo, me queda un motivo de insatisfacción. La trama central de la serie es la unión amorosa y política de dos personas, de dos reinos. ¿No hubiera sido más lógico – y justo – titular la serie “Isabel y Fernando”? Qué pesadicos se ponen algunos madrileños cuando les da por el centralismo. Porque no se trata de Castilla. Se trata de España.

viernes, 23 de noviembre de 2012

DESAHUCIADOS (23/11/2012)

Ultimamente, cada vez que alguien me pregunta qué tal me va, le explico que me siento como en un mar embravecido, agarrado a un flotador y tratando de que la siguiente ola no me arrastre hacia el fondo. Como la persona que me escucha suele quedarse sin saber qué decir, me apresuro a tranquilizarle: “Pero sigo pataleando y moviendo los brazos, no te preocupes”. El gobierno, a quien hace tiempo que se le acabaron los flotadores, nos dice que la tormenta no durará siempre. La consigna es resistir. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, algunos han empezado a rebelarse. Para espanto de la sociedad española, unos cuantos desesperados han dejado de patalear y se han dejado ir hasta el fondo, poniendo al descubierto la verdadera dimensión de una tragedia cotidiana: la de los desahucios. La noticia del suicidio de varias personas que iban a ser expulsadas de sus casas, ha tenido un efecto casi instantáneo; como si despertáramos de un atontamiento colectivo, de pronto hemos caído en la cuenta de la extraordinaria injusticia del régimen hipotecario español, que favorece de forma escandalosa al banquero mientras se ensaña cruelmente con el hipotecado. Muchos habrán sentido vergüenza, si todavía les quedaba. Entre ellos, los políticos que en el pasado se negaron repetidamente a aprobar medidas que hicieran frente al problema. O la mayoría de los banqueros, por ejercer un oficio favorecido por reglas amañadas que les hacen ganar siempre. En medio de la feroz crisis que nos azota -ese oscuro mar de aguas revueltas- algunos viajan en yate, otros en frágiles barquichuelas, mientras un buen puñado de compatriotas sienten las aguas heladas en sus carnes, agarrados a lo que sea para no hundirse. Luchan. Lo aguantan casi todo. Pero algunos no pueden soportar la injusticia.

viernes, 16 de noviembre de 2012

¡VIVAN LOS PRÍNCIPES! (16/11/2012)

“La monarquía constitucional todavía tiene un papel primordial para la democracia española”. Ha tenido que ser un inglés republicano el que nos lo recuerde. Un inglés medio adoptado, eso sí, porque el hispanista Paul Preston conoce mejor nuestra historia que la gran mayoría de los que habitamos este país complejo, apasionante, y a veces desesperante, llamado España. La diferencia con otras declaraciones de apoyo a la monarquía, a menudo retóricas y vacías de contenido, es que su razonamiento es brillante y enriquecedor. Dice Preston que para un país tan dividido y crispado como el nuestro, una jefatura de Estado neutral como la monárquica, es una ventaja que deberíamos apreciar. ¿Qué personaje de prestigio, moderador, simbólico, unificador, podría ocupar la presidencia de una hipotética república?, se pregunta el hispanista. ¿Felipe González? ¿José María Aznar? Qué razón tiene el inglés y qué bien nos conoce. En el país más frentista del mundo, donde hasta los bedeles y taquígrafos del Congreso seguro que son propuestos por su adscripción conservadora o progresista, una república presidida por alguien así acabaría pronto como el rosario de la aurora. Paul Preston le echa valor en los tiempos que corren. La Casa Real, como tantas otras instituciones en este país, no pasa por su mejor momento. “Sé que diciendo esto voy a disgustar a mucha gente – se disculpa el hispanista pensando en sus amistades republicanas – pero la monarquía todavía es muy importante en España”. En lo que a mí respecta, le tranquilizaría completamente: no me disgustan sus palabras y creo que no estoy solo. Sin ir más lejos, la semana pasada, los alcañizanos y los caspolinos dispensaron a los Príncipes de Asturias un recibimiento caluroso. Me uno a él, aunque sea con retraso. ¡Viva España! ¡Vivan los Príncipes!