Una de las
consecuencias más estimulantes de la crisis general que sufrimos, es que nos ha
dado la posibilidad de presenciar acontecimientos tan poco habituales como el
nacimiento, la decadencia y hasta la muerte de un partido político. Hoy nos
sentimos como esos cosmólogos que logran fotografiar el nacimiento de una
estrella, el colapso de otra o cómo un agujero negro se traga a una galaxia sin
dejar rastro. Para asistir al espectáculo no hace falta tener un telescopio. El
drama se desarrolla bastante más cerca, y con el horizonte cercano de un Big
Bang – léase elecciones municipales y autonómicas – que podría dejar el
firmamento irreconocible. UPyD se muere. El proyecto político de la incombustible
Rosa Díez se desvanece, barrido por una crisis que quizás no contribuyó a crear,
pero que ha digerido muy mal. El fracaso de las negociaciones con Ciudadanos,
el partido de la estrella en ciernes Albert Rivera, fue el preámbulo de la
descomposición, con acusaciones de sectarismo hacia la líder y su cúpula
directiva que se abrazan obstinadamente al timón de un barco que se hunde sin
remisión. “Albert estará disfrutando”, dice Rosa con amargura. No creo que
demasiado. Si algo ha demostrado la experiencia de UPyD es que fundar un
partido es relativamente sencillo, pero conseguir que arraigue lo suficiente
para poder resistir los vendavales de la política es mucho más complejo. UPyD
no sobrevivirá sin Rosa Díez, de igual forma que la desaparición de Albert Rivera
o de Pablo Iglesias sería la sentencia final para sus incipientes e ilusionadas
formaciones. “El Partido Popular no somos un grupo de amigos”, dijo el
presidente Rajoy. Ciertamente no lo son, sobre todo últimamente. Pero, como el
PSOE, son estrellas viejas que no se apagarán tan fácilmente. El rancio bipartidismo
se resiste a desaparecer de la galaxia.
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