La economía se rige por leyes propias de la naturaleza salvaje. El mercado dicta sentencia con la misma frialdad que una leona elige a su presa enferma en un rebaño de ñúes en la sabana africana. La empresa grande se come a la pequeña o le quita los clientes, condenándola a una muerte lenta, asfixiada por las deudas. Hoy son pocos los sectores que se libran de la presencia de las grandes empresas. Como consumidor no niego que el sistema tiene sus ventajas. Acepto que nos llenen la cesta de la compra, que nos vistan y nos vendan los muebles, el coche... pero me molesta profundamente que pretendan invadir también los espacios donde todavía es posible que un valiente sin Master en Business Administration se lance a montar su propio negocio. La hostelería, por ejemplo. Unos señores con dinero compran los cinco mil mejores locales de las cinco mil ciudades más importantes del mundo y se ponen a vender cafés. O hamburguesas de plástico. Su plantilla, multiétnica y tristona, parece decir con los ojos: “Les juro que este trabajo es temporal”. Y resulta que el negocio les sale bien. Porca miseria. Si durante un viaje he sucumbido a las tentaciones de un Starbucks o un McDonalds, al regresar, necesito una desintoxicación inmediata. Entonces lo tengo fácil. En mi barrio de la Almozara, con vistas a la Expo en apresurada construcción, está el bar con los bocadillos más sabrosos, honestos y amorosos de Zaragoza. Se llama Bonn y está en la calle Bonn, para no perderse. Si visita este verano la Expo y le ofrecen comida sospechosa, cruce el Ebro junto al pabellón-puente. Allí no harán el agosto porque saben que vendrá enero. Allí no cotizan en bolsa, pero le mirarán a los ojos. En calidad-precio, la mayor multinacional del mundo no podría competir con ellos. Qué gozada.
domingo, 29 de marzo de 2009
EL PERDEDOR (Abril 2008)
En una película de James Bond, un villano preguntaba al famoso espía con licencia para matar: “¿Parece que no le gusta perder, señor Bond?” Sin desviar la mirada de su despampanante compañera de mesa y depositando una enorme cantidad de fichas sobre el tapete, Bond contestaba: “No lo se, no lo he probado nunca” No eran las persecuciones, las explosiones, o los artefactos mortíferos que diseñaba el entrañable “Q”. Ni siquiera la extraordinaria vida sexual de su protagonista. El éxito fulminante de las novelas de Ian Fleming se debió a que el personaje de James Bond era, por definición, un ganador. ¿Alguien que gana siempre? No exactamente. Un verdadero ganador, en la vida real, es alguien que no tiene miedo a perder y que, cuando lo hace, no se viene abajo. Se toma un martini, se alisa el traje y sale sonriendo sin perder la compostura.La cultura futbolística española es fatalista, de perdedores. Cuando nuestro equipo gana nos tiramos a la fuente de la plaza principal de la localidad -las estatuas pierden un brazo o dos, y alguien se abre la cabeza contra el fondo-. Cuando pierde, nos falta tiempo para sacar el pañuelo y gritar “¡Peseteros, sinvergüenzas!”, y pedir la dimisión hasta del utillero. Nos solemos excusar como pueblo de sangre caliente, pasional y desmedido, pero esta explicación no me convence. Cuando agitamos el pañuelo, abroncamos a nuestros jugadores o esperamos a los directivos a la salida del estadio, estamos expresando hispánicamente un incontrolable, violento y patético miedo a perder. Estéticamente no es bonito, pero el problema es otro. Más grave. El miedoso no gana al villano, no se lleva a la chica y se queda sin fichas jugando al bacarrá. Al final, pierde siempre.
sábado, 28 de marzo de 2009
DJENNEBA (Abril 2008)
“Djenneba es blanca pero es negra. Pobre, maldita, soñadora y alegre. Djenneba es Africa” Así, como en un acertijo, logré resumir la historia de Djenneba en menos de una línea. Acerté, sin buscarlo: la vida de esta joven casi adolescente, de raza negra y piel blanca por efecto del albinismo, se parece mucho a un enigma. Han pasado algunos años. Viajábamos por Mali, siguiendo el curso majestuoso del río Níger. En el Africa negra, un viajero occidental todavía puede, en pleno siglo XXI, sentirse un aventurero. La luz de Africa, su olor dulce, no se parecen a nada que uno haya visto en otro lugar del mundo. En Djenné, la ciudad de la gran mezquita de barro, la conocimos. Vivía a la sombra, protegida por los muros de banco de su casa, del sol abrasador que amenazaba su piel despigmentada. Quisimos que nos contara su historia. Mi hermano Julio, africanista de vocación, conocía bien el cruel destino de los albinos en las culturas africanas primitivas. Considerados seres malditos, muertos regresados, han sufrido violencia, repudio y desprecio. Djenneba es dulce y amable, y comprobamos con alivio que en su familia es querida y respetada. Su voz es suave pero está llena de fuerza. Quiere ser buena musulmana. Quiere tener un marido y no compartirlo con nadie. Tres o cuatro hijos. Quiere ser abogada. “Es mi elección”- afirma con un extraño convencimiento. Djenneba es casi una niña, pero sus sueños son los de una mujer valiente. Fuera, en las calles de Djenné, se pasea la pobreza y la miseria, soberbias, entre muros de barro como olas recalentadas. Abandonamos su casa, impresionados. Ahora sabemos mejor por qué viajamos, qué buscamos. Sabiduría entre el barro. (el cortometraje documental “Djenneba”, en www.notodofilmfest.com, palmarés)
NO SE PEGA A LAS NIÑAS (Marzo 2008)
Me dirán que tiene un aire machista y condescendiente, pero me da igual. A fuerza de escucharla desde niño, aquella frase se convirtió en ley incuestionable, definitiva, sin excepciones. Además, como decía el corolario infamante que despejaba cualquier duda, hacerlo es de cobardes. Es triste comprobar que a algunos hombres esta lección no les quedó bien aprendida o, más probable, no oyeron hablar de ella en absoluto. La violencia contra la mujer no es un fenómeno nuevo. Pese a las escalofriantes cifras actuales, muchos más hombres han maltratado físicamente a sus mujeres en el pasado, con la más absoluta impunidad ¿Por qué lo siguen haciendo? Me niego a considerar al hombre moralmente inferior, peor persona que la mujer. Compartimos tanto, unos y otros, que esta diferencia ética me parece imposible. La razón es más sencilla y terrible: algunos hombres agreden a sus mujeres porque pueden hacerlo. La superioridad física bruta del hombre sobre la mujer es sutil en apariencia, pero inapelable en el resultado. Sutil porque sus cuerpos son, proporcionalmente, bastante parecidos. Sin embargo, es difícil encontrar a una mujer que no pueda ser destruída físicamente por casi cualquier hombre. Bestial pero real. Esa superioridad concede una potestad, una posibilidad, un poder. Un poder primitivo del que puede hacerse uso – afortunadamente, en una sociedad como la actual esta posibilidad está muy limitada, por ilegal, por innecesaria, por inmoral – y del que se puede abusar. Los maltratadores, los asesinos de mujeres son patéticos desperdicios de esta sociedad. Pese a la trágica realidad de hoy, un subgénero en vías de extinción, estoy seguro. Mientras tanto, a mi hijo, un día, se lo diré muy claramente: no se pega a las niñas. Jamás.
EUROVISION (Marzo 2008)
Cualquier tiempo pasado fue mejor, dijo el poeta. Para el entrañable, empalagoso y decadente festival de Eurovisión, esta sentencia no puede ser más apropiada. Después de un sistema de votación popular por internet, esta semana hemos conocido al representante español en la edición de este año: Rofolfo Chikilicuatre, personaje creado por la genial factoría humorística que dirige Andreu Buenafuente. Como broma, la canción del Chiki-chiki sería una del montón en cualquier programa de su show nocturno. Más bien flojita y hecha con prisas. Creo que hasta los mismos padres de la criatura pensaron que alguien haría algo, antes de permitir que un personaje tan ridículo nos representase en Eurovisión. Si Televisión Española quería salvar el festival, uno no acaba de entender la estrategia. El Chiki-chiki es un corte de mangas, una tomadura de pelo, una burla hacia cualquiera que, honestamente, quiera acudir al concurso interpretando una buena canción. La España del cachondeo, esa que piensa que hay que reirse de todo las veinticuatro horas del día, está encantada. Sin embargo, el “por lo menos nos echaremos unas risas” que utilizan muchos para justificar su voto en los foros de internet, esconde algo no tan divertido. España, como los mundiales de fútbol, no gana Eurovisión ni por equivocación. Massiel fue la única, con su La-la-la, hace cuarenta años. Ese rechazo recurrente al genio español (porque somos los mejores, bueno y qué) ha acabado con nuestra paciencia. Al principio nos reíamos de los rivales, luego nos quejamos de maniobras políticas, y finalmente nos refugiamos en el esperpento. A Valle-Inclán le quedaba mejor. Espero, para los que vean la actuación el 24 de mayo, que la diversión se transforme en vergüenza ajena. Yo pienso irme al cine.
EL SAPO Y EL MARRÓN (Marzo 2008)
“El Partido Popular espera ganar las elecciones intentando hacer que los simpatizantes socialistas se abstengan”. Esto afirmaba el dirigente del PP Gabriel Elorriaga al diario británico Financial Times, en una de las meteduras de pata más antológicas de esta campaña electoral. ¡Qué le pasó a este hombre por la cabeza, por Dios! Acostumbrado a lidiar con todas las fieras periodísticas patrias, se encontró frente a una tal Leslie Crawford, inofensiva en apariencia y con nombre de actriz de cine mudo, se echó atrás en su sillón, se relajó y... dijo la verdad. La verdad perfecta: aquella que todo el mundo conoce pero que nadie se atreve a pronunciar. A continuación Don Gabriel negó, arruinando el único epíteto favorable que le quedaba: había sido hombre parlanchín, calculador pero sincero. Leslie salió de nuevo a la palestra: “Don Gabriel dijo”. El aludido, suplicando con la mirada que dejaran de hablar de él por favor, concluyó: “No me atrevo a jurar que no dijera”. Mientras tanto, en el bando rival, Isabel Coixet fabricaba un spot con joven socialista solidario que conduce trescientos kilómetros hasta el pueblo (¿eufemismo de asilo?), para recoger a su madre, decrépita, coja y pepera, y llevarla a depositar su voto. ¡Pero mira que son buenos estos socialistas! Marketing y manipulación electoral aparte, estos dos ejemplos dan una pista bastante fiable de lo que puede pasar el domingo. Cuando el interés partidista – que la participación sea alta – coincide con el interés general, con lo que debe ser – que el ciudadano vote y se implique – las posibilidades de victoria son más grandes. ¡Voten a quien sea, pero voten! No votar es escurrir el bulto, escaquearse, dejar a los otros el marrón. Votar puede significar tragarse el sapo de elegir al menos malo. Es amargo, pero háganlo.
LA MADRE DE TODOS LOS DEBATES (Febrero 2008)
Eran las diez menos cinco y allí estábamos todos frente al televisor. 13 millones de españoles comiendo pizza y bebiendo cerveza como si fuera la Superbowl. El debate Rajoy vs. Zapatero estaba a punto de comenzar. En ese momento tuve un chispazo de humanidad y sentí compasión por los candidatos. Los imaginé bebiendo zumos naturales de marcas pactadas, transpirando sobre tresillos de dimensiones pactadas. Yo estaba tan nervioso como si mi chiquillo fuese a aparecer dando toques a un balón en un programa de talentos. Los presentadores, primeros espadas del escalafón, balbuceaban como becarios en agosto. Cuando salió el trío protagonista aquello se transformó en un casino de Las Vegas. Sólo faltaban Don King y la báscula. Confirmado: el asesor de imagen de Rajoy es un topo del partido socialista. El candidato popular sonríe como una polichinela con el traje desabrochado y arrugado, a punto de sacar una cachiporra y emprenderla con Zapatero, que parece un joker escapado de una baraja de Heraclio Fornier. El presentador Campo Vidal viste uno de esos trajes grises, bonitos y poco prácticos: la segunda boda en que te lo pones, eres el comentario de todos: “¿Tendrá sólo un traje?”. Durante las dos horas siguientes, los candidatos pelearon. Hubo momentos en que lanzaron puños al aire, a moscas imaginarias – yo hablo de terrorismo y tú de cheques-bebé – y otros de golpes bajos. Algunas intervenciones como “La niña de Rajoy” han entrado en los anales de la política española. Campo Vidal, después de un trabajo impecable, mete la pata hasta el corvejón: “Uno de estos hombres será presidente el 9 de marzo”. Rechinar de dientes entre todas las víctimas del bipartidismo por decreto que nos gobierna. Uf, mi estómago. Mañana, espinacas.
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