miércoles, 10 de agosto de 2016

TRES NOMBRES PROPIOS (07/08/2016)

Esta semana, el Tribunal Constitucional acordaba por unanimidad la suspensión de la resolución del Parlament de Cataluña que pretendía iniciar la llamada “desconexión” del Estado, la última ocurrencia del separatismo catalán para intentar quitarle hierro al asunto. Como si la secesión fuera algo tan sencillo como desenchufar una plancha. Mientras tanto, el resto de españoles asistimos al espectáculo con una mezcla de cansancio y preocupación. El estado de ánimo oscila entre la ambigüedad, la indiferencia, la exaltación de los que piden “¡que se vayan de una vez!” y la resistencia de los que seguimos denunciando que la pretensión de separar a Cataluña del resto de España, por muy respetable que sea en términos democráticos, es un gigantesco desatino.

Los nacionalistas están convencidos de que su país es mejor que el del vecino, y no les suelen faltar motivos; es sabido que el nacionalismo surge siempre en comunidades laboriosas y bien organizadas. Pero a esta descripción le falta un matiz importante: el nacionalista cree que su país es mejor que el del vecino, a pesar del vecino. Es decir, cree que su condición de superioridad ha sido alcanzada sin ninguna aportación foránea y que, por tanto, el contacto con el vecino que un día se llamó compatriota representa hoy una amenaza solo conjurable con la segregación. Lo que entraña una falsedad como la copa de un pino, además de una injusticia para generaciones enteras de “vecinos” que han nutrido a la comunidad presuntamente superior en un intercambio mutuo durante siglos.

Esta es la parte egoísta del nacionalismo, la insolidaria, la excluyente. La que tratan de disimular a toda costa los políticos muñidores de este invento. Porque el nacionalismo no nació de la mente de un panadero, un fresador o un contable, que se levantaron una mañana con la convicción de que pertenecían a un pueblo oprimido y que debían guiarlo a su liberación. No. El nacionalismo es siempre la creación de un político o de alguien que aspira a serlo. Hasta hoy no se ha conocido caso de un nacionalista que después de montar todo el tinglado – bandera alternativa, himno, recapitulación de agravios, selección de hechos históricos convenientemente reelaborados – haya afirmado solemnemente: “me vuelvo a la fresa”. O al horno de pan, o a la oficina. El político nacionalista siempre llega para quedarse, para gestionar su propio invento y para sacar de él un plato de lentejas. O de arroz con bogavante, si se tercia.

Hasta aquí, la razón. Un poco amarga, lo admito. A fin de cuentas, a nadie le gusta sentirse rechazado, aunque solo sea por una parte de los catalanes. Menos mal que el sentimiento acude al rescate y me hace confiar en que Cataluña seguirá siendo parte de España durante unos cuantos siglos más. Desde luego el nacionalismo no va a lograr que renuncie a ese deseo. Por tres sencillas razones que se acompañan de tres nombres propios. En primer lugar, porque no estoy dispuesto a dejar solo a un amigo como Ricardo Ros, barcelonés de adopción, uno de tantos aragoneses que hacen cada día más grande y plural a Cataluña. En segundo, porque tampoco pienso dejar de considerar a la cultura catalana como propia; me gusta cantar a Joan Manuel Serrat en catalán – y en castellano también – y quiero seguir haciéndolo sin pensar que estoy practicando una lengua extranjera. Y por último, porque mi abuelo materno era catalán y conducía tranvías en Barcelona. ¿Quieren saber cómo se llamaba? Seguro que sí. Mi abuelo se llamaba Agustín España.

miércoles, 3 de agosto de 2016

CREER EN LAS NORMAS (29/07/2016)

Hay dos clases de personas en este mundo, los que creen en las normas y los que no. Para los primeros, las normas son una forma de organización de la sociedad, imprescindible para la convivencia, y el respeto hacia ellas forma parte de su misma personalidad. Para los segundos, las normas son una forma de organización de la sociedad, imprescindible para la convivencia, y su incumplimiento ofrece una ventaja competitiva que hay que aprovechar siempre que sea posible. La dificultad para distinguir a unos de otros, a los honrados de los tramposos, es que los dos grupos parten de la misma premisa - las normas son necesarias – y la defenderán siempre que puedan. En realidad, la existencia de normas es mucho más importante para los que no creen en ellas que para los que sí. Tomemos el ejemplo del reciente escándalo de dopaje en Rusia. Si no existiera una regulación estricta sobre las sustancias y procedimientos prohibidos, el ministro de deportes nunca se habría molestado en organizar una trama de falsificación de pruebas de orina con la participación de agentes del servicio secreto vestidos de fontaneros, que proporcionó al deporte ruso una lluvia de medallas olímpicas fraudulentas. Las normas deben existir para que las cumplan los demás. Pero, ¿para qué sirve una medalla olímpica fraudulenta? A nivel individual, para tener un recordatorio permanente, metálico y redondo, de lo deshonesto que uno pudo llegar a ser. Para ser candidato seguro al diván de un profesional de la psiquiatría. A nivel colectivo, para alimentar la megalomanía de un líder que en su fuero interno duda de sí mismo, de su propio país, y que hace de la exhibición de la fuerza una forma de compensar su profunda debilidad moral. Vladimir Putin no cree en las normas. Donald Trump tampoco. Ninguno de los dos oculta ya su mutua admiración.

EXPOLIA, QUE ALGO QUEDA (22/07/2016)

Uno de los mayores inconvenientes de robar una obra de arte famosa es que luego no se sabe muy bien qué hacer con ella. Difícilmente se puede vender o presumir de ella delante de las amistades. Si eres un tipo muy excéntrico, te la puedes colgar en el dormitorio para contemplarla en soledad, todas las noches, antes de dormir. En contadísimas ocasiones, sin embargo, se cometen robos perfectos, que no solo permiten enseñar la obra robada a tus amistades sino incluso exponerla en un museo… ¡y cobrar una entrada por contemplarla! Es el caso de los mármoles del Partenón de Atenas, arrancados por el embajador británico en 1816 y que hoy se exhiben en el Museo Británico de Londres, y el de las pinturas de la sala capitular del Monasterio de Sigena de Huesca, actualmente en el Museo de Arte Nacional de Cataluña. Los primeros han salido recientemente a la palestra con motivo de la petición de un grupo de diputados británicos de devolverlos al Museo de la Acrópolis de Atenas. Las pinturas aragonesas, mejor dicho, lo que quedó de ellas tras el infame incendio que provocaron los anarquistas de turno - algún día habrá que empezar a aplicar a estos individuos la memoria histórica, con todo el rigor posible - fueron arrancadas por orden de la Generalitat catalana en 1936, y son objeto de una inacabable disputa judicial. En ambos casos, los herederos del expolio se atribuyen las mejores intenciones: ellos solo quieren lo mejor para las obras de arte, lo mismo que sus predecesores. El problema que no acaban de ver es que esas palabras, pronunciadas hace 80 o 200 años, apenas tienen un pase. En la actualidad, son de un cinismo insoportable. Los mármoles regresarán algún día a sus frisos milenarios. Las pinturas también. Y los culpables de la prolongación de esa injusticia solo podrán avergonzarse.

viernes, 15 de julio de 2016

EL TORO Y LA MUERTE (15/07/2016)

La del pobre Victor Barrio ha sido la primera cogida mortal de un torero español en más de treinta años. Una verdadera fatalidad. Porque siendo uno de los oficios más peligrosos del mundo, en el que la muerte ronda al torero desde que pisa la arena de la plaza – precisamente, en ese emocionante coqueteo reside el alma de la fiesta -  rara vez ésta se cobra su tributo. El toro debe morir siempre. El torero debe vencer a la bestia. Este ha sido el guión de las corridas de toros durante siglos, y cuando no se cumple y el matador muere, todo el universo de la tauromaquia se tambalea. En el fondo, es un gran fracaso. Nadie acude a la plaza en una tarde festiva, con música de charanga y una faria en la boca, para contemplar en directo cómo los cuernos de un animal salvaje desgarran el corazón de una persona. ¿Qué clase de espectáculo es ese? Creo que el aficionado taurino de otra época era más consciente de la presencia de la muerte y entendía mucho mejor la fiesta; después de todo, la muerte le acechaba en cada esquina. Su actitud en la plaza era más apasionada pero bastante menos festiva. Hoy las corridas de toros no las entiende casi nadie. Los mismos toreros, a lo sumo. Porque la muerte y el sufrimiento no van con nosotros. Les hemos declarado la guerra y los combatimos con eficacia desde la medicina, una ciencia que ya no acepta fronteras y que aspira a la inmortalidad. Tampoco deseamos el sufrimiento del animal. Hoy sabemos que nuestros cuerpos comparten la misma materia prima y que solo nos diferencian sus combinaciones. Hasta sus más convencidos partidarios deberían saber que la fiesta está tocada de muerte. Y que la muerte no la salvará. Menos aún la de un hombre joven, con el corazón partido, que nos deja amargura y una certeza cada vez mayor: que esta tragedia se está quedando sin sentido.

jueves, 14 de julio de 2016

EN PELOTAS (08/07/2016)

A Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid, le va la marcha. Aunque cuente las cosas con una suavidad exquisita, como si fuera una abuelita inofensiva rodeada de nietos al calor de la lumbre, estoy convencido de que, en el fondo, le encanta meter el dedo en el ojo de Esperanza Aguirre, su más enconada enemiga. El último encontronazo ha surgido de la petición de una asociación naturista de celebrar en las piscinas públicas madrileñas “El día sin bañador”. Doña Manuela, que se confiesa adicta al “sí”, ha acogido favorablemente la propuesta pero trasladando la decisión definitiva – léase, el marrón - a los distritos respectivos para que se pronuncien. Hasta hoy solo lo ha hecho el de Puente de Vallecas, con una lógica prudencia: el perfil de los usuarios no aconseja autorizar el día sin bañador. Confieso que no soy un naturista convencido. Mi buen amigo Carlitos me dice que tengo que probarlo, que la sensación de libertad es maravillosa, pero no veo el momento. Como buen polemista, me interesa más el debate alrededor de los límites del nudismo. Límites, sí, sin que el hecho de establecerlos equivalga a “criminalizar el cuerpo”, como afirma melodramáticamente el representante de la citada asociación naturista. El despelote privado me parece respetabilísimo. El público presenta algunos inconvenientes. Siempre que exista una demanda suficiente y contrastada, y exista posibilidad material de hacerse, no veo problema en habilitar lugares públicos para el naturismo. Como en algunas playas. ¿Y en las piscinas municipales? Creo honestamente que el derecho a no ver en pelotas a mis vecinos del 3º - un matrimonio de mediana edad, simpatiquísimos – prevalece sobre la afición de una minoría a caminar con todo al aire. Que seguro que tiene su cosa, que no lo niego. Pero respetando la sensibilidad del prójimo.  

viernes, 1 de julio de 2016

EL BUENO, EL FEO, EL MALO… Y RAJOY (01/07/2016)

Tras las elecciones generales del 26J, la escena política española se parece cada vez más a un spaguetti-western. Suenan las trompetas del maestro Morricone, silba el viento y las capitanas cruzan dando tumbos la Carrera de San Jerónimo. Aquí va a haber tiros, más tarde o más temprano, lo que ocurre es que algunos tienen más balas que otros. ¿Quién es el bueno, el feo y el malo? Siéntanse libres de distribuir los papeles según sus preferencias. Porque el verdadero protagonista de la película se llama Mariano Rajoy Brey. Sobre los hombros del más gallego de los presidentes de nuestra historia ha recaído la responsabilidad de arreglar este desaguisado, de poner fin, con su retirada, a la parálisis que ha tenido huérfana de un gobierno estable a la sociedad española durante, por lo menos, seis meses. Sus partidarios insisten en que es él quien ha ganado las elecciones y que debe seguir en la Moncloa. ¿Están verdaderamente seguros? En febrero, la mitad de los votantes del PP afirmaba que no querían a Rajoy como candidato; en junio, antes de las elecciones, el 57% declaraba que el presidente en funciones debería dar un paso atrás si así facilitase la formación de un gobierno. En esas estamos. Aunque la campaña mediática pro-Rajoy arrecia estos días como nunca, no puede empañar dos tozudas realidades. La primera, que no puede invocarse ningún principio legal o político para forzar a otros partidos a posibilitar un gobierno de Rajoy con sus votos positivos o abstenciones. La segunda, que a España le conviene un nuevo presidente. Alguien que deje atrás la corrupción y que insufle una nueva esperanza a los españoles de toda condición. Se respira una calma tensa. El duelo final está a punto de empezar. Alguien tendría que insinuar a Rajoy que debería pasar a otro las cartucheras. 

viernes, 24 de junio de 2016

OPINADORES (24/06/2016)

Este bendito periódico tiene la sana costumbre de separar a sus “opinadores” por categorías – opinión política y opinión independiente - para orientar al lector sobre las lealtades del que escribe o su presunta independencia. Parece bastante razonable: un columnista que milita en un partido político no solo tiene un compromiso con sus lectores; lo tiene también con sus conmilitones, a quienes no puede traicionar expresando opiniones contrarias a la doctrina oficial del partido y a los que debe una conducta activa en la propagación de sus tesis. Ahora bien, los que ostentamos la bonita etiqueta de “independientes” tampoco estamos exentos de obligaciones. La primera y más evidente, para hacer honor al título, es la de no utilizar el sagrado espacio periodístico para hacer apología de un partido político. Esto no significa que los columnistas debamos ser políticamente indiferentes o que el día de las votaciones, a semejanza de la familia real, tengamos que quedarnos en casa. Todo lo contrario. Creo que para poder opinar hay que tener ideas políticas bien asentadas y, sobra decirlo, acudir a las urnas religiosamente. Lo que sí debe exigirse a un articulista es tolerancia y altura moral; humildad para admitir que el que no piensa como nosotros también podría tener razón. Hay pocos espectáculos menos edificantes en el mundo del periodismo que el de un profesional sectario, entregado a la defensa agresiva y destemplada de un partido político con el que se ha identificado tanto, que ha acabado por amputarse él mismo su propia independencia. Opinar en un medio público conlleva una responsabilidad. Prometo a mis queridos lectores estar siempre alerta y no caer en la tentación partidista. Esto es lo que hoy opino. El próximo 26 de junio, votaremos.