viernes, 27 de marzo de 2009

CODIGO DA VINCI (Mayo 2006)

25 millones de libros vendidos, una película protagonizada por Tom Hanks, la Iglesia Católica subiéndose por las paredes... Me pregunto quién puede resistirse a saber qué es el Código Da Vinci. Sí, los católicos más obedientes que delegaron lectura y crítica de la novela en algún sacrificado representante de la Iglesia de Roma seguirán absteniéndose. Los de Sony Pictures no parecen preocupados y se limitan a añadir un cero a sus previsiones de ingresos cada vez que un obispo, cardenal o similar, abre la boca para opinar de la película. Si éste pertenece al Opus Dei, en lugar de uno añaden dos ceros.
Leí la novela casi de tirón. No tenía demasiadas cosas que hacer dentro de mi saco de dormir y fuera nevaba con muy mala leche. Aun así, debo reconocer que se me quedaron los dedos pegados a las tapas. ¡Dios mío, cómo acabará esto! Y acaba, y ¡oh qué sorpresa!, pero menos. Fuera siguen el frío y los problemas cotidianos que nadie se ha molestado ni en cambiar de sitio. Llega un día en que has olvidado la gran revelación que iba a cambiar los cimientos de la civilización cristiana. Que ya es olvidar. Jugar con personajes históricos y hacer invisible la frontera entre novela y realidad se ha convertido en una estrategia infalible para escribir un best-seller. El Opus Dei pide un rótulo que aclare: “Es ficción”. El problema para la Iglesia es que Dan Brown, el autor, ha entrado como competidor en un terreno en el que, hasta ahora, han campado a sus anchas: el de la historia selectiva del cristianismo. De un maremágnum de fuentes más o menos históricas, se escogen aquellas que sirven para confirmar una tesis, -novelesca o religiosa- que se tiene diseñada de antemano. Hoy no se trata de levantar templos sino de vender libros. Renovarse o morir.

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