sábado, 28 de marzo de 2009

LOS QUE NOS DEFIENDEN DE LOS MALOS (Julio 2006)

Hacía un calor que derretía el ánimo. Los pocos valientes que caminaban por la calle tenían el rostro desencajado y cuando levantaban la cabeza para mirarme a los ojos, no sabría decir si estaban pidiendo ayuda o buscando consuelo. De pronto una de esas caras me resulta familiar. Mucho más que eso, es Miguel, mi amigo desde hace veinticinco años, mi hermano. Aunque es sábado del mes de julio, a las cuatro de la tarde, Miguel está trabajando y lo hace vestido de uniforme. Podría ser verde o azul, qué más da. La cuestión es que el oficio de mi amigo consiste, como diría un niño sin complicarse la vida, en defendernos de los malos. Madre mía, qué calor. Vamos a entrar a tomar algo, ¿puedes?. Bar español de enorme cabeza de toro, trofeos de guiñote y camarero con tirantes de la rojigualda. Por lo menos aquí no nos escupirán en la coca-cola. El jefe es tan rumboso que nos saca unas gambas a la plancha que, a estas horas, parece que no acaban de encontrar el sitio. Comemos alguna para no hacerle un feo. El sonido de un walkie interrumpe la conversación y los parroquianos giran la cabeza discretamente, echando la oreja. “Pelea...tres heridos... uno está en el suelo sangrando”. Miguel contesta, ahora mismo vamos para allá. Un abrazo y ya nos llamaremos. De repente tengo tres coca-colas casi sin empezar y un montón de gambas para mí solo. Me quedo pensando en toda esta gente, los policías de todas clases y guardias civiles de este país, y me digo que no nos los merecemos. Todos tenemos un oficio, pero el suyo está lleno de entrega y sacrificio. Acuden allí dónde nadie quiere ir, a veces a arriesgar el físico por defendernos. Y aún hay tontos del bote que les devuelven a cambio incomprensión. Antes de marcharme, doy un par de tragos a mi refresco pero lo dejo casi entero, junto a los otros.

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